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Donde habita el olvido

A Bayamo (Cuba) hay que ir por muchos motivos.

Quizás el más importante de todos sea porque nada es lo que parece.

Para empezar, no palpita sobre su asentamiento original. La primera ciudad se construyó en lo alto de una loma hoy inundada de lirios.

Lo que ahora se ve tampoco es lo que más tarde fue. La tomó Carlos Manuel de Céspedes al principio de la guerra de los Diez Años. Dos meses después, cuando las tropas españolas llegaron a las puertas de la ciudad, los rebeldes prefirieron incendiarla antes que entregársela al enemigo. Una ciudad reconstruida sobre sus cenizas y el recuerdo amargo de una contienda fratricida.

Bayamo también ha sido históricamente nido de independentistas. Les sobraban los motivos para encender revoluciones. A principios del XVII, era la villa primada del contrabando. Tanto comercio fraudulento le permitió igualar en población a La Habana. Sin embargo, siglo y medio después, el centro de la actividad económica se desplazó para siempre a la parte occidental de Cuba y Bayamo, como todo Oriente, quedó relegada y enfrentada a un gobierno colonial que frustraba sus aspiraciones.

Así es Bayamo, que recuerda en su bella plaza colonial a sus dos héroes locales con proyección nacional: Carlos Manuel de Céspedes, padre de la Patria y primer presidente, y Figueredo, autor del himno cubano partiendo de un aria de Mozart. De la Bayamesa, por diplomacia, sólo se canta hoy la primera estrofa, pero aquí la reproducen íntegra junto al busto de Figueredo: “No temáis; los feroces iberos son cobardes cual todo tirano. No resisten al bravo cubano, para siempre su imperio cayó. ¡Cuba Libre! Ya España murió, su poder y su orgullo ¿do es ido?” Y termina: “Contempladlos a ellos caídos, por cobardes huyeron vencidos”.

En Bayamo se mató mucho y tanto Céspedes como Figueredo no vivieron lo suficiente para ver el final de la guerra que iniciaron. El padre de la Patria murió en una emboscada y Figueredo, que había ahorcado en su plantación a un recaudador de impuestos, acabó en el cadalso a lomos de un burro.

 

Pero no es ésta la historia que ahora quiero contaros, sino lo que nos ocurrió a nuestra llegada a Bayamo.

Aquella mañana de junio de 2007 conducíamos desde Holguín, la ciudad natural de Reinaldo Arenas. En la gasolinera comprobamos cómo la revolución nos reserva a los yumas (turistas) un combustible exactamente igual que a los nacionales, pero infinitamente más caro. Cubaneo de Estado.

En plena gasolinera, me asaltó un vagabundo inabarcable. Calvo, de obesidad desbordada y mirada estrábica. Una camiseta de tirantes carcomida y ensangrentada no alcanzaba para tapar sus sucesivos pliegues neumáticos. De su cuello inflamado colgaba una bandeja con un perro roedor de ojos disparados. Todo en él era naufragio.

 

-¿Mexicano? ¿chileno?

-No, amigo.

-¡Ah, Madre Patria! Perro es único amigo. Moriría sin mí. No tenemos más nadie. ¿A usted le quieren?

-Alguna gente creo que todavía un poquito. Con mesura.

-A mí nunca. ¿Qué tú crees, gallego…? ¡Doy miedo?

-No, exactamente miedo no, compay (compañero)

-Dame dinero entonces. Perro y yo, hambre.

 

Le entregué unas monedas y se marchó sin despedirse. ¿Por qué desde la infancia las criaturas diferentes nos fascinan y asustan a partes iguales? ¿Dónde espera la frontera invisible que conduce a la locura? ¿Qué se siente cuando te vas sin irte? Estar pero no ser. Ser solo para estar. Sin sentir, sin sentiros, sin sentido. Donde habita el olvido.

 

Imagen de jMoreta

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