Diego Velázquez, el olvidado colonizador de Cuba

Se embarcó en la segunda expedición de Colón al Nuevo Mundo y fundó las primeras siete villas, pero no es recordado ni con cariño ni respeto en la isla donde terminó sus días. 

     Diego Velázquez nació en Cuéllar (Segovia) sin ninguna gana de envejecer en el castillo de su noble familia. Cuando las fuerzas le llegaron para empuñar con garantías la espada luchó en la guerra de Granada de la que regresó enfermo y sin blanca. Por segunda vez apostó la vida con el ejército español en Napolés donde esquivó la muerte con la misma destreza que la fortuna le regateaba. A su regreso, escuchó en Sevilla la increíble hazaña de un tal Colón. Ávido de oro y gloria se embarcó en la segunda expedición del almirante de la mar océana con destino a La Española, la extensa isla que hoy se reparten entre la República Dominicana y la castigada Haití.

    El corpulento hidalgo castellano ya no quería guerrear. Colgó la espada y desempolvó el libro de cuentas. Más colonizador que conquistador no tardó, por fin, en enriquecerse como teniente gobernador de las villas que fundó en La Española. 

    Bartolomé de las Casas escribió del segoviano que era “hombre apacible y de buen carácter” aunque no ocultó su propensión a los arranques de ira, pese a saber perdonar. “Muy amado porque tenía condición alegre y humana y toda su conversación era de placeres de agasajos”. Con esta carta de presentación lo eligieron para colonizar Cuba en 1511.

    Por aquel entonces no se sabía mucho de la futura Perla del Caribe. Dos décadas antes Cristóbal Colón había desembarcado en la bahía de Bariay, junto a la futura ciudad de Holguín. “Nunca tan fermosa cosa vide”, relató a los Reyes Católicos, con ese ánimo tan suyo de engrandecer sus éxitos y regalarse adjetivos. Pero el genovés desconocía que había descubierto. “Yo tenía esa tierra por firme y no isla”, y con el equívoco se fue a la tumba porque Sebastián Ocampo no la circunnavegó hasta 1508.

    Tres años más tarde, Diego Velázquez se embarcaba hacia su conquista con la compañía de trescientos hombres. No hubo rival para aceros y arcabuces españoles desde el extremo oriental, donde fundó la primera capital cubana, Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, hasta San Cristóbal de La Habana.

     Diego también celebró el primer matrimonio cristiano desposando en Baracoa a una dama de su pueblo, Isabel de Cuéllar. Pero sólo la abrazó seis días. “Y un domingo celebró sus bodas con gran regocijo y aparato, y el sábado siguiente se halló viudo, porque se le murió la mujer, y fue la tristeza y luto, más que la alegría había sido, doblada”, dio fe Bartolomé de las Casas.

    Cuando la capital se trasladó desde Baracoa a Santiago, se asentó en la ciudad del son y levantó la casa que hoy tiene el peculiar honor de ser el edificio más antiguo que sigue en pie en Cuba. Ha sobrevivido a huracanes, terremotos y hasta revoluciones.

     La isla no podría explicarse sin su aportación, pero al castellano no le recuerdan precisamente con cariño en Cuba. “¡Odio Velázquez, que en su tumba fría cadáver yace, pero no reposa!”, le dedicó el héroe independentista José Martí. Hay varias razones para explicar el desencuentro. La principal,  el martirio de Hatuey, cacique enemigo de la colonización al que quemó vivo en la hoguera, pero también sus enfrentamientos con Hernán Cortés, su antiguo secretario y al que encomendó la conquista de Nueva España (actual Méjico). Cuando se arrepintió, ya era tarde. El pacense partió en rebeldía contra el organizador de la empresa y, como es sabido, tuvo éxito. “Cortés se convirtió en el protagonista de la historia, mientras el ambicioso Velázquez no trascendió del estatus de corista”, a juicio del escritor cubano Leonardo Padura, que no se equivoca.

    Hasta que le abandonó la vida en 1524, continuó como gobernador de Cuba y le gustaba departir con sus amigos fumando la nueva hierba americana bajo la luna  de Santiago. Bromeaba que volvería a casarse con una de las dos pudientes sobrinas del obispo de Burgos, su protector. Pero jamás regreso al altar, tampoco a Castilla. A su muerte, y pese a sus costosos enfrentamientos con Cortés, dejó un patrimonio de 19 estancias, 3.000 cerdos y 1.000 reses.

     Bajo el suelo sagrado de la Catedral de Santiago, en la misma plaza donde sigue en pie su antigua casa, hallaron en enero de 1988 los más que probables restos de Diego Velázquez, que murió sin descendencia.

 

Imagen de jMoreta

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