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Carne humana en el escaparate

  He pateado las mejores y peores calles de La Habana y alterné en la noche tenebrosa de Kinshasa. Las dos capitales están inundadas de mujeres  bellas. La inmensa mayoría son prostitutas escoltadas por un ejército de proxenetas que, en el caso de África, van armados y tienen gatillo fácil. Tipos duros de broma peligrosa. En Cuba o en la República ¡¿Democrática?! del Congo a las chicas les une su hermosura y su pobreza. La necesidad les obliga a acostarse con quien no quieren.

Ámsterdam también tiene su barrio de putas. “Red district” lo llaman y, recorriéndolo, cuesta entender su fama internacional. Los canutos están legalizados, pero cualquier fumador de sustancias espídicas los consigue sin excesivos riesgos en el resto de ciudades europeas. Luego están sus famosos escaparates con sus cutres luces rojas, indignas hasta en las verbenas de las pedanías de Castilla. Pero en la capital holandesa el producto en stock son las mujeres. Carne humana en el expositor. Maniquíes animados. No hay contacto previo al asalto de los cuerpos en minúsculos tabucos. Tan sólo una cortina desvela si la joven está o no encamada. Hasta en una carnicería los clientes compran al peso con más humanidad.

Entre el tráfico de bicicletas y las risas complacientes de los turistas, resuena el eco de la voz quebrada de un flaco de Jaén: “Los besos que te dan las chicas malas salen más caros cuando los regalan y huelen a fracaso”.

Imagen de jMoreta

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