Cópula habanera en un ataúd

 La llegada de Sarah Bernhardt en pleno apogeo de su fama al puerto de La Habana paralizó la ciudad a finales de 1887. “¿Quién es Sarah? –se preguntaba Rubén Darío-. No sabremos decirlo. La palabra no existe. Sarah es lo que impele, lo que arrastra, lo que aborrece, lo que adora, lo que llora y lo que ríe…”.

 

Lo primero que vieron los habaneros fue cómo cuatro marineros bajaban a hombros el féretro donde, a semejanza del Drácula de Bram Stoker, dormía la actriz. Locuras de una diva obsesionada con el triunfo y la muerte. Después, bajo del barco una comitiva inagotable de jaulas habitadas por pájaros y fieras salvajes. Como los sultanes de Las mil y una noches, la excéntrica y caprichosa Sarah viajaba con guacamayos azules, cotorras, tucanes, iguanas, galápagos, crías de cocodrilo y hasta un jaguar. Regalos de sus afamados éxitos por medio mundo. Más que un barco, aquello parecía el Arca de Noé.
 
No era una mujer de bandera, pero la ciudad se entregó a ella sin condiciones. Como había escrito José Martí, que la conoció diez años antes en París: “No es la belleza de Sarah lo que nos deslumbra. Ella no es bella; es esa superioridad irresistible la que nos hace bajar la cabeza”. Era cierto: ¡Sarah Bernhardt, la mujer que escandalizaba a los puritanos, desembarca en la ciudad del pecado!
 
Cinco días antes en el mismo escenario, la capital también se había congregado para recibir al famoso torero Luis Mazantini al ritmo de pasodobles. Don Luis no era un torero al uso. Tampoco lo sería ahora. Estudió Bachiller en Artes y viajó por el extranjero para aprender idiomas.
 
El procesador de reses tampoco quiso perderse el estreno de la diva en los teatros de la Habana. Dicen que nadie moría en el escenario como ella. Actuaba también que daban ganas de enterrarla. Cuando finalizaba la representación, el público pedía con ansia que saliera de nuevo porque, tras encarnar muertes tan veraces, nadie creía que siguiera con vida.
 
La noche que Mazzantini la vio por vez primera, espero educadamente a que los aplausos cerraran el telón y, con voz decidida, dijo a los suyos: “Vamos”. En su paseíllo hacia el camerino, le escoltaban dos hombres de su cuadrilla, Diego Cuatro Dedos y Babila. “La artista no recibe a nadie”, repetía el dueño del teatro. Pero el empresario enmudeció ante los ojos negros del hombre que tantas tardes había apostado su vida sobre la arena. La actriz se peinaba cuando el palmito pinturero de Mazzantini se asomó en el espejo al balcón de su escote. Quiso hablar, pero él no le dio tiempo: “Su talento no es nada comparado con los efluvios de verdadera hembra que dejan escapar cada uno de sus gestos”. No dijo más antes de dar media vuelta y, sin descomponer la figura, cerrar la puerta de la codiciada estancia. ¡Torero!
 
A las tres de la tarde del sábado 23 de enero de 1888, don Luis se enfrentaba de nuevo al destino en la plaza de toros de Belascoaín. El fenómeno Mazzantini era de tal magnitud que inspiró en Cuba toda una moda de camisas, pantalones, sombreros, cigarros y hasta obras de teatro con su nombre. Pero aquella tarde, le acompañaba alguien más que su valor. En uno de los palcos de sombra, la actriz Sarah Bernhardt, con peineta y mantilla, no perdía un detalle del hombre que vestía de verde y plata. No arrancó ningún triunfo a los dos primeros astados, pero su estrella cambió con el tercer enemigo. Aquel toro al que no le acompañaba el nombre, Cabezudo, tenía en cambio presencia y trapío. Mazzantini comprendió que entre esos tarros (cuernos) había faena y su montera voló al palco de la musa para brindarle la muerte del animal. Desde ese momento, su vida le pertenecía.
 
Al día siguiente del nuevo triunfo, un mozo llamó a la puerta de la habitación del torero en el Hotel Inglaterra: “Señor Mazzantini. Sus palabras en mi camerino me parecieron insuficientes”. El torero y la actriz compartieron toda la jornada pescando y cazando, hasta que las últimas huellas de sol se alejaron con las aguas del río Almendares. La función no había terminado. Ella le invitó a subir a su habitación y él remató el cartel. A don Luis le sorprendió la cantidad de animales sueltos por el cuarto, pero nada como que su oponente, ya en cueros, se acostara en el ataúd y le extendiera sus brazos para enterrar supersticiones. Aseguran las crónicas que Mazzantini daba las estocadas como nadie. ¿Quién mejor que un torero para estos deslices? Templó y mandó. Se amaron entre alaridos de guacamayos y rugidos de jaguar hasta que, desnudos y abrazados, se desearon los buenos días desde un féretro con agarraderas de plata.
 
Una semana después, La Voz de Cuba se hacía eco de una corrida a puerta cerrada ofrecida por Mazzantini para los artistas de la compañía francesa y en honor a Sarah Bernhardt. Le Figaro también escribió sobre el fastuoso anillo de perlas y brillantes que la Bernhardt lucía a su vuelta a Francia. Ninguno de los dos dio jamás explicaciones sobre su idilio. Ni cuando se amaban ni, ya pasados los años, cuando el matador la recordaba como “una amiga, respetada y querida”. En aquellos años, la televisión era un invento lejano y no había prostituido la vida púbica.
 
Sarah Bernhardt regresó a La Habana tres décadas después, con setenta y tres años y una pierna menos. La trajo de nuevo a Cuba una gira por América en la que recaudaba fondos para los damnificados de la Primera Guerra Mundial. Ya no viajaba ni con zoológico, ni con ataúd ambulante, séquito al que no añoró pero sí a los amaneceres con don Luis cuando aún tenía las carnes prietas. Cinco años después, moría la actriz, a la que lloraron en su funeral 150.000 parisinos, y tres más tarde, el torero quien, tras cortarse la coleta, fue teniente alcalde del Ayuntamiento de Madrid y gobernador civil en Guadalajara y Ávila. ¡Lástima que no los enterraran en el mismo ataúd! “Polvo serán, mas polvo enamorado”.
Imagen de jMoreta

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