Ava Gardner “vuela” con Supermán en La Habana

El barrio chino de La Habana es hoy un recuerdo de lo que un día fue. En su esplendor hasta las “condesas descalzas” venían a la gosadera.

 
El barrio chino de La Habana apenas conserva hoy las sombras de lo que un día fue. Tras el triunfo de Fidel Castro, la gran mayoría de los asiáticos previeron el naufragio y se marcharon. El barrio quedó herido de muerte y la inmensa mayoría de sus negocios cerrados. Tan solo perduraron los más pobres y desposeídos. Hoy sobrevive decolorada su puerta oriental y unos cuantos restaurantes típicos y aceitosos.
 
Sin embargo, en la época de Fulgencio Batista hermanaba Sodoma y Gomorra. Se multiplicaban como una epidemia los cabarés, lupanares y toda suerte de tuguruios como la cueva de Mandrake, negro “trihuévido” que mostraba su singular bolsa escrotal a quien pagara por verla. Los miles de chinos, contaminados por los cubanos, olvidaban en este barrio su tradicional compostura, lenta y silenciosa, para moverse rápida e incesantemente pregonando a gritos su mercancía.
 
El local más famoso era el Teatro Shangai. Por 1 dólar y 25 centavos, garantizaba un espectáculo nudista y tres películas pornográficas hasta las tres de la madrugada. Según el escritor Pedro Juan Gutiérrez (“Trilogía sucia de La Habana”), el show se abría con los siguientes “palabros”: “Señoras y señores, ladies and gentlemen, bienvenidos al teatro más espectacular del mundo. El Gran Teatro Sangai, una gloria de Cuba. Aquí no paramos nunca, aunque se la paramos (empalmamos) a cualquiera, ja, ja, já.”.
 
Cuando la noche ya ardía, anunciaban, por fin, su actuación más esperada: ¡Supermán! Tan popular que hasta Coppola le inmortalizó en la segunda parte de El Padrino. “Supermán, único en el mundo, exclusivo en este teatro.” Era un negro tirando a feo, pero musculoso y con un aparato descomunal. Le colgaba hasta las rodillas. Algo salvaje. “Un fenómeno de la naturaleza… Supermán… Treinta centímetros, doce pulgadas, un pie de superpinga… Con ustedes…. ¡Supermán!” Salía envuelto en una capa de seda roja y azul. En medio del escenario, se detenía muy digno frente al público, abría la capa de un golpe y… ¡zas! Más rabo que el diablo.
 
Ava Gardner lo vio una noche y contrató al maromo para un segundo pase a puerta cerrada en su suite del Hotel Nacional. A la mañana siguiente, tuvieron que llevarla al Hospital Calixto García desgarrada y sangrando. Tantos puntos como puntadas. En La Habana, hasta las “condesas descalzas” venían a la gosadera.
Imagen de jMoreta

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