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“Fidel Castro tenía una memoria prodigiosa. Quemaba los libros para no repasar”

Si la salud le aguanta, el próximo 22 de julio cumplirá 101 años en la residencia de los Jesuitas en Salamanca. El hermano Isidro Hernández, con su memoria intacta para recordar con exactitud fechas, nombres y experiencias,  vivió en Cuba durante 28 años. Antes de que el propio Fidel expulsara a los jesuitas de la isla, entabló con el futuro comandante en jefe una sólida amistad como su maestro y administrador en el colegio Belén de La Habana.

 

Era el curso de 1942 y nadie podía imaginar hasta dónde ascendería aquel interno llegado desde el colegio de los jesuitas en Santiago de Cuba. Era corpulento, protagonista y lenguaraz. Tenía 16 años y se llamaba Fidel Castro Ruz.

“Traté mucho con Fidel porque ese año yo estaba de ayudante del administrador, que había enfermado, y los padres dejaban a sus hijos internos una cuentecita para los gastos. Como Fidel –hijo del terrateniente gallego Ángel Castro- tenía bastante dinero, yo le aconsejaba continuamente: Fidel, no gastes tanto que no llegarás a final de mes. Así nos hicimos amigos”.

Apodado por sus compañeros como 'El loco', Castro se propuso en el último curso de bachiller llevar al día sus estudios y eligió un peculiar retiro: “Fidel, como si fuera un gallo, se subía con sus libros al árbol más alto de todo el patio. Era un buen estudiante, más de letras que de ciencias, y, sobre todo, tenía una memoria prodigiosa y una tremenda fuerza de voluntad. Cuando se persuadía que dominaba la materia, arrancaba las hojas del libro, cogía una cerilla y lo quemaba para no repasar. Llegó a final de curso sin un solo libro de texto”. 

En el colegio de los jesuitas, el futuro comandante en jefe también se hizo pronto famoso por sus numerosas peleas. “En ese aspecto, Fidel, aunque era un buen chico, tenía muy mal carácter y no soportaba perder”.

“La peor de todas sus riñas –continúa Isidro Hernández- fue por una chica. Se había echado una noviecita muy cerca del colegio y los sábados, acompañado de sus amigos, la visitaba. Pero esa tarde, Ramón Mestre, otro alumno y cabecilla natural, le vio con la chica y empezó a insultarle. Fidel no aguantó la ofensa y salió a su encuentro. Se fajaron (pegaron) muy duro y armaron tal escándalo que un oficial retirado de Batista bajó desde su casa a separarlos. Fidel corrió hacia su habitación y uno de sus amigos alertó al prefecto para que lo detuviera. ¡Había cogido una pistola que tenía escondida! Esa noche, el prefecto, un vallisoletano llamado Miguel Ángel Larrucea, habló muy seriamente con él: 'Mira Fidel –le dijo-, con razón tus compañeros te llaman El Loco. ¿Te imaginas dónde estarías ahora si llegas a matar al pobre Ramón?’ Sin embargo, Fidel interrumpió al educador: 'No, si yo no iba a matar a Ramón, sino al militar porque me separó cuando estaba perdiendo la pelea y eso no lo puedo permitir delante de mi chica'”.

En 1943, el jesuita salmantino fue trasladado al colegio Dolores de Santiago, aunque no perdió el contacto con Fidel. “En Santiago –recuerda el religioso- me encontré con su hermano pequeño. A diferencia de Fidel, Raúl Castro era muy mal estudiante. Por eso nunca terminó sus estudios en el colegio de La Habana. El padre Larrucea, que quería mucho a Fidel pese al incidente de la pistola, le advirtió: ‘Dile a tu padre que saque a Raúl del colegio porque me veré obligado a expulsarle y no quisiera tomar esa decisión con tu hermano'”.

Hasta que terminó sus estudios de Derecho, Fidel aprovechaba las vacaciones en su Birán natal para visitar el colegio de Santiago, primero para encontrarse con su hermano Raúl y, más tarde, para no perder el contacto con su amigo el jesuita.

“En su último año como universitario me contó que se presentaría a las elecciones para presidente estudiantil. Yo le dije: Oye Fidel, ¿cómo se te ocurre precisamente ahora, que es cuando más tienes que estudiar?’” Sin embargo, el futuro barbudo le respondió: “Está usted equivocado porque ese cargo me obliga a prepararme mejor para enfrentarme al resto de compañeros y a los propios profesores”.

El religioso salmantino, trasladado de nuevo al colegio Belén, no volvió a ver a Fidel hasta una década más tarde cuando, ya escoltado por una multitud entusiasmada, entró triunfante en La Habana con su enemigo, Fulgencio Batista, huido de la isla desde la madrugada del 31 de diciembre de 1958.

Sin embargo, a la euforia inicial, también compartida por los jesuitas que lo educaron, le siguió la persecución del catolicismo hasta que la batalla de Bahía de Cochinos precipitó los acontecimientos. El 16 de abril de 1961, jornada previa al desembarco invasor, Fidel, año y medio después de su triunfo, declara por primera vez en público que “la revolución cubana es socialista”.

'Tan sólo un día más tarde –recuerda el jesuita- llegó a nuestro colegio una compañía de milicianos y nos leyeron la cartilla: Desde este momento -nos dijeron- el colegio es de la revolución. Ustedes sólo pueden estar en su habitación, capilla, biblioteca y comedor. Nunca en otros lugares porque el colegio ya no es suyo. Fidel nunca dio la cara, aunque mandó para confiscar las llaves a un antiguo maestro que se había unido a los barbudos”.

El “arresto domiciliario” continuó tres semanas hasta que en uno de los dieciséis autobuses que la revolución confiscó a los jesuitas, fueron trasladados hasta una casa en las afueras antes de su expulsión definitiva de Cuba. “Fidel dio orden de que sólo recogiéramos los materiales de la capilla. Tras coger la custodia, todavía quedaba una réplica de la Virgen de Belén en escayola que sacábamos en procesión con los niños. Para evitar que cayera en sus manos, me líe a martillazos con ella. Fue una experiencia muy dura”, relata aún emocionado.

El salmantino Isidro Hernández, como la mayoría de sus hermanos, terminó en Miami, desde donde le destinaron al colegio Loyola de Santo Domingo. Durante casi medio siglo no contactó jamás con Fidel hasta que hace tres años y medio, coincidiendo con la gravísima hemorragia intestinal que le forzó a delegar en su hermano Raúl, le escribió, a través de la embajada cubana en España, una carta cariñosa propia del encuentro entre dos viejos amigos.

“Comencé tratándole de excelencia, pero poco después le recordé cuando nos conocimos en 1942 y ya le tuteé. Al final le dije: ‘Fidel, ¿te acuerdas del profesor Gallardo, el maestro al que ordenaste recoger las llaves del colegio cuando nos lo requisaste?’ Al despedirme le dije: ‘Adiós, Gallardo, hasta el cielo, que de allí nadie me podrá botar. Sí, Fidel, de allí nadie nos podrá botar, ni a ti, ni a mí, porque Dios es infinitamente misericordioso y está esperando el momento en que le digamos que nos perdone. Adiós, Fidel. Hasta el cielo'”.

 

Imagen de jMoreta

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