Todavía hay islas que parecen paraísos (I): Las islas Marquesas

El turismo se extiende imparable por los Mares del Sur, llega cada vez a islas más remotas y en una tras otra transforma la vida de las gentes más ancladas en el pasado -en algunos aspectos para bien y en otros para mal-. Pero aún quedan islas y archipiélagos en los que el influjo del turismo apenas si se hace sentir, como las islas Marquesas, que te esperan a tres horas y media de avión o a cuatro días de barco de Tahití. 

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Sinaí, las voces de silencio (y V)

         Al anochecer mis compañeros hacen fuego dentro la habitación, en una palangana de hierro llena de arena. El techo es de palos, cañizo y plásticos, y el humo se escapa fácilmente. Oscurece. Calientan más té y lo bebemos, cubiertos de mantas. Al acabar, preparan la cena: sopa de sobre, salchichas y mandarinas.

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Sinaí, las voces del silencio (IV)

           Reprendemos el camino. El cielo del Sinaí, que de buena mañana era tan azul, se ha velado con telarañas blanquecinas. Cuando sale de entre las nubes, el sol pega con fuerza. Seguimos un hilo de agua, reliquia de la última lluvia; tan pronto es tragada por la arena como vuelve a manar unas decenas de metros más allá. Hay algunos árboles paupérrimos: acacias y tamariscos.

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Sinaí, las voces del silencio (III)

          Sinaí: el desierto, lo sublime y lo absoluto, la Revelación de Dios a su Pueblo Escogido y por extensión a la Humanidad, el sentido de la eternidad y de la inmanencia, el Silencio en mayúsculas. Algo de todo esto persigo sin saber que encontraré. Quiero adentrarme más en alma de esta montaña, dejar que me impregne, y he contratado para que me guíe a Farján Mohamed Zidán, un beduino menudo y flaco, magro como su tierra.

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Sinaí, las voces del silencio (II)

         He estado bebiendo té dentro de una de las tiendas de fieltro negro que los beduinos han instalado entre los peñascos de la estrecha cima. Afuera, silba el viento. Esperaba a que la gente se marchara y la montaña recuperara su calma. Recuerdo de otra visita un camino diferente al de la subida, y quiero emprenderlo en solitario.

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Sinaí, las voces del silencio (I)

      La madrugada es de fuego. Llega al galope por las lejanas lomas de granito y de basalto, por la niebla que duerme en los valles y por las cimas vecinas gastadas y redondeadas como cúpulas de una catedral inmensa.

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El País de la Luz (y VII): Buscando un lugar e el mundo

          En Nueva Zelanda caminaréis por ciudades nuevas -no esperéis monumentos centenarios- pero deliciosas, bien cuidadas, agradables de vivir.

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El País de la Luz (VI): Árboles en la bruma

         Cuando llevéis unos días en Nueva Zelanda, recorriendo la isla Norte, pasad en transbordador el estrecho de Cook para poner pie en la isla Sur. Admirad al hacerlo la elegancia del mar y la tierra entretejida en la red de cabos y canales de los Marlborough Sounds -un parque marítimo-, y dirigiros a reposar unos días al P. N. Abel Tasman.

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El País de la Luz (V): Playas, volcanes, selvas

Un paseo por Aotearoa lleva forzosamente a los parques nacionales. Ellos preservan lo poco que queda de la belleza original de las islas, de su flora y de su fauna. Comenzad si queréis por los escarpados del cabo Reinga y su faro solitario, en el extremo norte del país: noventa kilómetros de soledad, arena, dunas y vientos en la península Aupouri.

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El País de la Luz (IV): Inglaterra en el Pacífico

         Seguramente os asombraréis ante la belleza y la riqueza de este océano de lomas y lomas cubiertas de prados verdísimos donde pastan cuarenta millones de ovejas. En Nueva Zelanda circularéis en coche o autobús por las colinas y veréis la luz de la tarde brillando como pulpa fresca de melocotón en la hierba tierna y rodeando de un aura dorada la lana blanda de las ovejas, y pensaréis que nunca antes habías visto una imagen del campo tan bella y próspera.

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