Clasificado en:

Viaje hacia uno mismo

         Nunca tanta gente había viajado tanto como ahora -en el sentido de desplazarse- sin viajar realmente, sin aprovechar su viaje para descubrir algo nuevo con que enriquecerse. Desde que los seres humanos somos tales hemos sentido el deseo de viajar: partir para buscar lo que hay más allá del horizonte y no podemos ver.

          Viajar es sinónimo de descubrir y conocer, lo que más nos define como humanos. Pero para que ello sea posible hay que abandonar mentalmente el mundo al que pertenecemos para integrarnos en el que nos abre sus puertas. Y hoy son demasiados los que viajan esperando encontrar allá a donde vayan las mismas comodidades, decoraciones, comidas, costumbres y diversiones a las que están acostumbrados.

         Viajemos, pues. Y ante todo, olvidemos al partir lo que dejamos atrás: las ventajas como los inconvenientes, las seguridades engañosas de la rutina pero también los tics: las prisas, los frenesís, las reacciones malhumoradas ante las pequeñas contrariedades, nuestra vida programada como autómatas... Viajar es, ante todo, un estado de ánimo.

         Primero, pongamos nuestros cinco sentidos en alerta para no desaprovechar ninguno de los estímulos del mundo nuevo que nos rodea. Después, abrámonos mentalmente a todo lo que vamos a recibir y olvidemos los prejuicios. Aceptemos tal como es a la gente que encontramos por el camino, e intentemos comprender sus puntos de vista. Aceptemos y aprendamos a amar la diferencia. 

         Vamos a contemplar mucha belleza, quizás en exceso: será necesario despojarnos del estrés que llevamos encima y buscar mentalmente la calma interior para asimilarla y gozar plenamente de ella. El llamado "síndrome de Stendhal" -la ansiedad por no abarcar algo bello que contemplamos- es un peligro real. Aprendamos a no querer poseer la belleza, a no querer hacerla nuestra, sino simplemente a dejarnos impregnar por ella hasta fusionar nuestro espíritu con la obra maestra humana o natural que admiramos. Quizás nos encontremos bajo la bóveda perfecta e infinita de la Mezquita Azul de Estambul, quizás frente a la geología cósmica del Cañón del Colorado, no importa: intentemos que el espacio exterior y el interior se comuniquen y se unan, y que la perfección y serenidad que nos rodean ocupen su lugar en los espacios del alma. 

         Viajar, partir, comenzar algo nuevo, descubrir lo que no conocemos. El viaje es movimiento, romper la rutina -transgredir-, vivir el presente -disfrutarlo- sin pensar en el futuro, sentir la libertad de vivir sin compromisos personales, la libertad de poder decidir a cada momento a donde ir y que hacer. En definitiva, ser por un tiempo amo de nuestro propio destino.

          Quizás todo viaje tenga algo de huida. Cuando nos alejamos del entorno habitual y nos encontramos entre desconocidos, nuestro antiguo yo queda atrás y nos convertimos en un yo nuevo, más libre, independiente, sin ataduras y sin coerciones sociales. Podemos desprendernos de esa máscara con la que a diario protegemos nuestra intimidad. Viajando descubrimos la esencia de la libertad. Nos habituamos a usarla. Y es un aprendizaje que luego, tras el retorno, podemos intentar aplicar a nuestra vida diaria.  

Imagen de jBartroli

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.