Viaje a la Antártida (y IV): El retorno de las focas

          Algunos días más tarde navegábamos por las islas Shetland del Sur. En una de ellas, la isla Livingstone, está la única base antártica española: Juan Carlos I. Pero el Professor Molchanov recaló enfrente a los farallones negros del cabo Lookout, de la isla Elefante.

         Desembarcamos en medio de una densa niebla en una cala de guijarros negros, en parte cubierta de musgo, al pie de un glaciar. Había montones de cachorros de focas esperando que sus madres volvieran de alta mar. Las hembras pasan allí dos o tres días pescando, y luego vuelven a amamantar sus crías durante. Hay pocas cosas más graciosas y enternecedoras que los bebés focas. Uno quisiera acariciarlos, cogerlos entre los brazos, pero no lo hace porqué las leyes internacionales prohíben tocar la fauna. Pero las focas se te acercan continuamente. Algunos cachorros más machitos imitan un ataque, como probando a ver si te asustas de ellos. Otras quieren jugar y a veces te estiran el pantalón con su boca. He de confesar que en una ocasión no pude resistir la tentación de acariciar una más cariñosa que las demás.

         Desde una colina cercana me llegaba la cacofonía de la colonia de nidificación, donde miles de pingüinos adultos se peleaban por cada pulgada de terreno y otros tantos miles de crías graznaban pidiendo comida. Y también me llegaba el fétido olor de sus excrementos. Cuando me acerqué, vi que muchos polluelos cambiaban ya el plumón juvenil por las plumas de adulto, y ello les daba un aspecto punk de lo más chocante.

         Una de las cosas más fantásticas de la Antártida es poder pasearse entre los animales salvajes sin que se asusten, como si los seres humanos fuéramos un animal más del escenario. Es una sensación nueva, excitante, que te llena de un optimismo vital extraordinario. En la Antártida, los animales están tan poco acostumbrados a ver humanos que no han aprendido a tenerles miedo. Y uno se pregunta: ¿Por qué no puede ser siempre y en todas partes así?

         La realidad es que, esta confianza en los humanos estuvo a punto de costarles la extinción a las focas que jugaban conmigo en aquella playa negra bajo el cielo gris y triste. Las islas Shetland del Sur fueron descubiertas en 1819 por tres barcos dedicados a la caza de focas, uno argentino, otro inglés y otro norteamericano, por separado. En la siguiente temporada, el verano de 1820-21, se presentaron allí no menos de 49 bergantines foqueros. Aquel verano, las playas de las Shetland, hasta entonces vírgenes, se tiñeron de sangre. Entre 1821 y 1822 se obtuvieron 320.000 pieles del archipiélago y además, 100.000 cachorros murieron de hambre tras perder su madre. En 1822 las focas ya se habían hecho raras. En 1825, estaban prácticamente extintas. Solo hacía cinco años que el hombre había descubierto la Antártida y ya la amenazaba.

         Un siglo después, la población de focas se ha recuperado y en verano vuelven a poblar por millares las playas de las Shetland con sus alegres bufidos y parloteos y sus juegos en el agua y en la arena. Pero como he podido experimentar en este viaje, el Océano Glacial Antártico continúa angustiosamente vació de los animales más grandes y admirables de la creación: las ballenas. La Comisión Ballenera Internacional calcula que solo sobreviven de 3.000 a 4.000 de las 100.000 yubartas que vivían al sur del ecuador, 500 de las 180.000 ballenas azules, y 1.500 de los 150.000 rorcuales boreales. De los 400.000 rorcuales comunes que antes nadaban en todo el hemisferio meridional solo viven 2.000: tantos como hay, por ejemplo, en el Mediterráneo occidental entre España, Francia e Italia. 

         ¿Puede haber mayor estupidez que la humana?

 

Imagen de jBartroli

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