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Viaje al mito de Samoa (y IV): Deseos de huída

          Samoa es una teocracia feudal: una sociedad jerarquizada rodeada de tabúes y castigos corporales donde los matai, jefes de tribu, tienen siempre la última palabra, y en donde el hijo pequeño no puede abrir la boca delante del padre o del hermano mayor. No hay democracia. Los 12.000 matai hacen la ley en las aldeas, en donde el chismorreo y el peso de la "opinión pública" son asfixiantes.

 

         Esta otra cara de Samoa la vas conociendo mejor cuando haces amigos y hablas con ellos. Por ejemplo Raymond, a quien conocí en el transbordador de Savai'i, cuando volvía de Apia de gravar una caset con la banda con la que toca.

         Fui a verlo a su casa. Su hermano le había cogido las zapatillas de baloncesto para ir a trabajar a la huerta y las había destrozado en el lodo. Cuando le ha ido a preguntar que por qué lo había hecho, se han peleado. Me enseña el resultado: cortes y un bulto enorme en un brazo, y más cortes en el dedo de la otra mano.

           -Yo no me he querido pelear. Me ha tirado una piedra y me ha perseguido con el machete. Le habría podido pegar- repite una y otra vez, no se si para autoconvencerse él o convencerme a mi de que no es un cobarde.  

         -Le habría podido pegar, pero no he querido porqué es mi hermano y mayor que yo. En Samoa no te puedes pelear con un hermano mayor. Pero, si quiere unas zapatillas, ¿por qué no trabaja y se las compra como yo? A mi me ha costado mucho comprarlas. Y él se pasa el día sin hacer nada. No tiene derecho a cogérmelas. No tienen derecho. Porqué yo las necesito para mi deporte. Podría haber cogido unos zapatos viejos.

         Me veo envuelto en todo un drama samoano contemporáneo. Le curo las heridas con la mercromina y las tiritas de mi botiquín. El consumo y la propiedad privada están entrando en una sociedad donde la propiedad era colectiva y todo se compartía entre los miembros de la familia extensa. Los conflictos proliferan: los que trabajan y tienen iniciativa ven como los otros miembros de la familia se aprovechan sin dar golpe. Las envidias también, como en este caso, en que el hermano de Raymond le ha destrozado las zapatillas solamente para fastidiar. Y los conflictos jerárquicos: el hermano pequeño se encuentra rabiosamente impotente de actuar delante del mayor que abusa de su estatus, tanto, que la madre solo le puede decir a Raymond, la víctima, que se vaya a dormir a casa de un pariente hasta que el culpable retorne a Apia, de aquí a unos días.  

         -He llorado, de verdad, he llorado- me dice Raymond con los ojos enrojecidos de rabia e ira. Le creo: lágrimas de impotencia.

         -Mi madre también ha llorado- añade.  

         Samoa vive el desafío de compaginar la tradición con la modernidad.

         La propiedad familiar y comunal ha funcionado perfectamente para los samoanos durante 2.000 o 3.000 años. Pero ahora sufren la creciente presión del modelo occidental sobre sus vidas, y los conflictos son crecientes. Los hijos no pueden soportar más las ideas de sus padres, que encuentran anticuadas, ni la autoridad de los hermanos mayores. Los emprendedores no pueden soportar que los vagos vivan a su costa. Y muchos conocen la sociedad de consumo y quieren tener acceso a ella. La juventud se ahoga, lo notas cuando hablas con ellos. Buscando trabajo o libertad familiar, o ambas cosas, los samoanos emigran: hay 60.000 en Nueva Zelanda y 50.000 en California. Muchos, si se tiene en cuenta que Samoa tiene 215.000 habitantes. Pero emigrar tampoco no es fácil.

         Conocí a Ioane desayunando cacao samoano y buñuelos de banana en el mercado de Apia. Tiene 27 años. De los 20 a los 27 vivió en Australia sin papeles, haciendo diferentes trabajos: pinche de cocina, carpintero de muebles, jardinero... Hace seis meses la policía de inmigración australiana le detuvo en el trabajo -un chivatazo, sin duda- y le dieron a escoger entre dejarlo libre con una fianza de 450.000 pesetas y con un mes para arreglar su situación o la expulsión inmediata. El dinero lo había ido enviando a su familia, y optó por la segunda. El amigo con el que vivía le llevó sus cosas al aeropuerto y le pusieron en un avión. Su novia, australiana, quedó allí. Ahora viene al mercado con una hermana a vender los tomates y ensaladas que crecen en su huerto. Solo piensa en volver a Australia. Se hará un pasaporte con otro nombre y lo intentará de nuevo.

         -Aquí en Samoa cuesta mucho vivir. Si no tienes tierra no tienes dinero, y nuestro terreno es muy pequeño. No podría enviar a mis hijos al colegio. Tengo hermanos en Nueva Zelanda y Australia. En Samoa nadie pasa hambre, pero los pobres no tienen dinero para comprar ropa, y ya no digamos productos occidentales como televisores y walkman.  

         La verdad es que encontrar trabajo tampoco no resuelve mucho. Otro amigo, Pisona, lo anda buscando. Antes trabajó en la fábrica de una marca internacional de bebidas y lo dejó porque solo ganaba 3.300 pesetas a la semana; su hermana trabaja 8 horas en un supermercado y gana 5.500. Jugar al rugby es lo único que hace en todo el día.

          El dinero ha llegado al paraíso, y quizás éste ha dejarlo de serlo para los que no lo poseen. Mead o Freeman, ¿quién tiene razón? Quizás, la explicación sea que Samoa es así de contradictoria. Pero no te preocupes: tú, pese a todos los pesares, te irás amando Samoa. 

Imagen de jBartroli

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