Viaje al mito de Samoa (I): ¿El paraíso feliz?

       Hace unos años estaba de moda en las universidades españolas el libro Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, de la antropóloga norteamericana Margaret Mead, que allá por los años veinte, había pasado 9 meses estudiando el comportamiento de las adolescentes de la isla de Tau, en la Samoa Americana.

           El libro ayudó a propagar el mito de los Mares del Sur, donde el amor y la tranquilidad son la regla y la gente vive una vida natural y sin complicaciones, con poco pero feliz. Es el mito que todavía alimenta nuestros deseos de huída.         

           La antropóloga explica que los niños aprenden a vivir el sexo -y también la muerte- como algo normal que les rodea cada día. No se les oculta ni se les denigra como algo intrínsicamente malo. La masturbación es un hábito casi universal, comenzando a la edad de seis o siete años. A los diez años, uno de los muchos juegos de los niños consiste en ir a los palmerales a descubrir amantes in fraganti. Desde la adolescencia hasta que se casan los jóvenes practican el amor libre, en secreto pero sin temor a ninguna desaprobación general.

         Los encuentros siempre se hacen a escondidas. Las parejas, solas o en grupos de amigos, se dan cita bajo las palmeras. También es común visitar a la amada en su casa, clandestinamente. Los adolescentes se acercan en la noche a las cabañas, se sacan el lavalava o pareo, se engrasan el cuerpo desnudo con aceite de coco para poder resbalar de las manos de sus posibles perseguidores, si son descubiertos, y finalmente se deslizan por una ventana. En la misma habitación de la cabaña duerme una docena de personas, más los perros, así que nadie se preocupa demasiado si alguien se mueve. Esta práctica ha dado lugar al moetotolo: a que otro adolescente, aprovechando que el silencio impide hablar a los amantes, se deslice en la casa y consiga los favores de la muchacha engañada, que piensa recibir a su verdadero amante. Si es descubierto y agarrado, el moetotolo se convierte en el hazmerreír del poblado.

         Mead describe la sociedad samoana como dulce, pacífica, libre de conflictos religiosos e ignorante de los celos. Los jóvenes pasan de la niñez a la pubertad sin traumas ni problemas, y es muy raro encontrar ningún neurótico. La violación es un fenómeno prácticamente desconocido.

         En realidad, la antropóloga fue a Samoa en los años veinte buscando respuestas para una gran pregunta: "las perturbaciones que afligen a nuestros adolescentes ¿se deben a la naturaleza de la adolescencia misma o a los efectos de la civilización?" Al descubrir que en Samoa los adolescentes no sufrían tales conflictos, pudo volver con un mensaje optimista: el hombre podía ser libre y feliz, y si no lo es, se debe a que Occidente lo estropea ahogando niños y jóvenes con una educación opresiva y represiva.

          Sin embargo, en los años ochenta, un antropólogo australiano, Derek Freeman, escribió otro libro desmontando una a una las tesis de Mead. En Margaret Mead y Samoa: la construcción y destrucción de un mito antropológico, afirma que "la sociedad samoana esta vivamente agitada por una concurrencia desenfrenada; que las tasas de homicidios y de agresiones son elevadas y que la de violaciones es una de las más fuertes del mundo; que los niños, los adolescentes y los adultos viven en un sistema autoritario que conduce a menudo a problemas psicológicos que van desde el comportamiento obsesivo a la histeria patológica y al suicidio; que esta sociedad está extraordinariamente predispuesta a los ataques de celos; y que no solamente las relaciones sexuales no están banalizadas, sino que el culto a la virginidad femenina está llevado probablemente a un punto más alto que cualquier otra sociedad conocida por la antropología" 

         ¿Quién tenía razón?  ¿Se equivocó Mead, o tanto había cambiado la sociedad samoana en 50 años?

Imagen de jBartroli

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