Lo cierto es que el viajero que llega a Samoa cree encontrarse con el mito de los felices Mares del Sur hecho realidad. Apia, la capital, es un pueblo grande de arquitectura colonial, con casas aporchadas de madera pintadas de colores vivos.
Hay muchas iglesias pero un único bloque de cemento: las oficinas del gobierno. La vegetación tropical invade jardines y campos vacíos. Policías de uniforme azul cielo, con el lavalava -el pareo o faldas masculinas- y casco colonial blanco dirigen el trafico escaso bajo un sol encegador. A la sombra del mercado, los campesinos venden frutas, tubérculos y vegetales tropicales que nunca ha visto antes. Y el sol, de fuego al mediodía, impone un ritmo lento a la vida: el fa'a Samoa, o "vía samoana"
Cuando te lanzas a recorrer la isla de Upolu en los trotinados autobuses, todos de madera y con grandes ventanales que dejan circular el aire, ves que los samoanos viven concentrados en la costa en pueblos limpios y bonitos. Los casas coloniales, con porches y barandas, alternan con los fale, las casas tradicionales sin paredes ni puertas o ventanas. Están abiertas a los cuatro vientos, con una plataforma ovalada o rectangular cubierta por una cúpula sostenida por columnas. Dentro, la familia tiene sus baúles para la ropa, el televisor, los sillones, las colchonetas, todos sus bienes. De noche, para dormir, corren una cortina en una parte de la casa y se protegen bajo las mosquiteros.
Ve que todas las casas están rodeadas de jardines de césped cortado y limpio de hojas bajo cocoteros, mangos, papayos y otros árboles tropicales. Los arbustos tienen hojas de colores vistosos: rojas, amarillas, púrpura, azuladas, fluorescentes, y pronto descubres que son las mismas plantas exóticas que nosotros conseguimos que sobrevivan en macetas dentro de casa, y que en el ecuador se hacen enormes al aire libre. Ves los parterres de flores y la carretera y los caminos delimitados por márgenes de roca volcánica negra o por piedras pintadas de blanco. Y entonces comparas las aldeas con las urbanizaciones de nuestras costas, tan antiestéticas, tan sucias y descuidadas, y sientes envidia de que los samoanos tengan mejor gusto y amen las cosas bellas.
Bordeas la costa norte de Upolu: acantilados bajos con la selva llegando hasta el mar, playas, bahías, aldeas bajo las plantaciones de cocoteros y enfrente el azul turquesa de la laguna de coral. Cuando el autocar deja el litoral, comienzas a subir las montañas y atraviesas la selva: palmeras de todo tipo, helechos gigantes, árboles frondosos, lianas. Llovizna sobre los pastos de las tierras altas y sus vacas. Después, en la playa de Aleipata, te instalas en unas cabañas en la arena, bajo los cocoteros. Enfrente tienes islotes cubiertos de verde, rocas, aguas cristalinas y calmas y, a quinientos metros, la línea de la espuma de las olas rompiendose contra los arrecifes de coral. Los atardeceres mueren con luz de miel. Las noches son de luna y estrellas y de rumor de olas.
Cuando piensas que ya lo has visto todo, entonces descubres que Savai'i todavía es más tradicional y bella que Upolu. Dirías que el reloj se paró hace mucho: en realidad nunca se puso en marcha. Bajo la llovizna y por dentro de la selva, caminas hasta las ruinas de la pirámide Pulemelei, con varias terrazas de piedra volcánica, sobre las que revolotean miríadas de mariposas azules. Luego te bañas en las aguas translúcidas y frescas de un estanque, al pie de una cascada, en el fondo de un ahondamiento del terreno, rodeado de helechos y selva: Letolo, se llama. Te bañas también en playas fabulosas, de arena dorada y cocoteros, y fondos de coral llenos de peces de colores luminosos. Caminas por las coladas de lava de la última gran erupción de 1911, que llegó hasta el mar; es negra como el azabache, con la superficie muy agrietada, muy ligera porqué está llena de burbujas de aire, y quebradiza: al pisarla se resquebraja bajo tus pies.
En Savai'i no ves ciudades ni tampoco pueblos, solo aldea tras aldea. Por la tarde llega la hora del ocio. Ves las muchachas, los niños, las mujeres, que se bañan, se lavan o juegan en los estanques naturales de agua dulce que mana de fuentes subterráneas al borde del mar. Hay jóvenes abriendo cocos con machetes. Grupos de hombres en lavalava sentados en círculo en el suelo hablan en los fales abiertos. Algunos juegan a cartas. Las niñas vuelven uniformadas de la escuela. Los muchachos se van a jugar al cricket o al baloncesto. Todos te saludan al pasar y sonríen. En el cielo las nubes son espléndidas y revientan en una explosión de color.
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