Tonga, feudalismo en los Mares del Sur (y VI): El canto de las ballenas

         He de escapar de mi isla solitaria para no volverme paralítico, física y mentalmente. Cuando Soni me devuelve con su bote a la vecina isla de Lifuka decido explorar un nuevo mundo: el submarino. Y es entonces cuando oigo el canto de las ballenas.

         Me apunto a una salida en un centro de submarinismo que llevan unos alemanes. Nos hundimos en azules líquidos de un espesor creciente que, mirados horizontalmente, se desvanecen en una niebla oscura e inquietante. Desde ella surgen, de tanto en tanto, tiburones. Alguno de hasta dos metros, contando la larga cola. Se acercan y se van, dejándome una desazón inquietante. Sobre los bosques de coral tenemos un encuentro más poético: una gigantesca manta. Vuela como un pájaro a cámara lenta, nos ve y se para, curiosa. Durante un rato bailamos un lento vals con ella: el juego parece interesarle. Después seguimos una tortuga marina que se adentra por un cañon submarino. Y cuando llegamos al talud continental que cae hacia el abismo oceánico, escuchamos un lamento lejano. Nos paramos. Es un canto que parece un lloro profundo, recóndito y extraño, que la vibración del agua comunica a todo mi cuerpo: la voz de las ballenas. El oído humano solamente puede escuchar una mínima parte de la frecuencia del sonido de los cetáceos, pero la parte ultrasónica que mi oído no capta, se trasmite desde el agua marina a los líquidos de mi cuerpo y hace vibrar alguna cosa muy escondida dentro mío.

         Las ballenas están delante nuestro, pero no las vemos. Su voz nos llega desde la penumbra azul índigo que hay más allá del corto horizonte oceánico. Hay un momento en que la intensidad de los sonidos aumenta, como si se acercasen. Me pongo a gritar una llamada submarina. ¡Desearía tanto ver  a las hermanas ballenas! Por las burbujas que salen de su regulador, comprendo que mi guía también está emitiendo sonidos. Quizás la curiosidad las atraiga. Pero sordas a nuestro anhelo, vuelven a alejarse, y nosotros reemprendemos, nostálgicos, nuestro paseo por debajo del mar.

 

        Cuando ascendemos, ya en superficie, las vemos, como a unos 500 metros. Intentamos seguirlas con la lancha, pero nadan con inmersiones profundas -pueden permanecer hasta 20 minutos bajo el agua-. Para poder zambullirse y nadar con ellas hay que encontrarlas mientras están descansando en la superficie. Volvemos a la isla, añorándolas. Solo por ellas ya valía la pena venir hasta las Tonga.

Imagen de jBartroli

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