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Todo lo que enseña el viaje

         Hay viajes con meta y viajes solo por viajar. Entre los primeros están las peregrinaciones hacia un lugar santo del que esperamos nos contagie una brizna de su santidad, y las rutas en pos de un objetivo claro que nos atrae por su belleza, su significado, su unicidad.

       Los segundos son los que se emprenden solo por partir, sin una idea clara de a donde el nomadeo nos va a llevar. Pero todos tienen en común algo, y ese algo está contenido en un proverbio de un pueblo tan dado a peregrinajes como es el tibetano: "Viajar es tan importante como llegar". Lo que importa es el viaje en si mismo y lo que nos puede aportar.

         Durante el viaje, uno aprende a ser más tolerante con los demás y con uno mismo. A relativizar verdades absolutas -siempre tan peligrosas-, a buscar tonalidades entre lo blanco y lo negro, a fundir ideas, maneras de vida, visiones del mundo, fes y creencias, músicas y artes, en definitiva, a mestizarse el alma. Y acaba descubriendo que el mundo es amplísimo y que, aunque vida solo tenemos una, son casi infinitas las maneras como que podemos vivirla.

         El viaje es, también, tiempo -el viaje de verdad, claro, no el circuito turístico atropellado todo el día para aquí y para allá-. El viajero recupera el tiempo, ese tiempo cada vez más escaso en nuestra cotidianedad galopada, en que todo, tanto en el trabajo como en el ocio o en los simples actos de nuestra supervivencia, lo hemos de hacer deprisa deprisa, sin un momento para la reflexión o para el goce meditado y verdadero. El viajero tiene tiempo, le da un buen uso, lo mide y lo administra, y goza de él. Y solo así puede aprehender la verdadera dimensión de las cosas y gozar del mundo.

         Cuando viajamos tenemos alerta nuestros sentidos, para captar cada color, cada sonido, cada olor, cada sensación. Abiertos, receptivos, interesados por todo y predispuestos a dejarnos sorprender... Y encontramos belleza en cosas grandes, pero también en cosas pequeñas: unas nubes construyendo espejismos en el cielo, la luz de bronce brillante de una puesta de sol bajo cielos grises, el reflejo de un objeto en una charca de agua, el toque de pintor renacentista que una mañana clara deposita sobre los edificios. Las mismas cosas bellas las podemos encontrar en nuestra ciudad o aldea cuando vamos al trabajo, y sin embargo, no les hacemos caso porque no las miramos. El viaje puede enseñarnos a practicar esa apertura de los sentidos en el día a día, a llevar siempre encima la capacidad de sorpresa, y enriquecer así nuestra vida -nuestra alegría y bienestar- con esas pequeñas maravillas que habitualmente nos perdemos.    

Imagen de jBartroli

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