Todavía hay islas que parecen paraísos (V): En barco por las Marquesas

         Dije adiós a mis amigos de Taiohae y me embarqué en el Aranui, el barco mixto de carga y pasaje que, además, es el único que pasea turistas por las Marquesas. Durante unos días recorrí todas las islas, bajando en cada aldea. Aquí y allá nos recibían con danzas y cantos tradicionales a cargo de los jóvenes: sensuales y provocativas las mucháchas, y enérgicos y violentos como guerreros ellos. En Nuku Hiva recorrimos en todo terreno las altas mesetas hasta descender por el larguísimo valle de Taipivai, cubierto de cocoteros, en cuya bahía nos recogío el barco. En esa isla, también, pasamos una jornada dominical en la playa más bella de todas, sin ningúna alma aparte las nuestras, encerrada en la bahía de Anaho, bajo altisimos riscos de basalto gris. Cuando zarpamos al anochecer, las mantas gigantes nadaron bajo nuestra quilla.        

         En Ua Huka cabalgamos costeando los acantilados de roca volcánica agujereada y torturada por las olas, en medio de un paisaje agreste y seco, casi estepario, por donde pastaban manadas de caballos. Los caballos se han convertido en un símbolo de las Marquesas, -y en cierta manera de la libertad de sus jóvenes-. Casi todas las famílias tienen alguno. Las muchachas se pasean montadas en ellos por las playas de arena negras, los hombres bajan a beber cerveza al centro del pueblo, o se atavian como guerrereros modernos -con cintas atadas alrededor de la frente que les sujetan sus melenas, con sus coletas anudadas y sus tatuajes- para ir a cazar cabras o cerdos salvajes a las altas tierras.

         A menudo disfrutábamos de banquetes opíparos, verdaderos kai kai marquesanos, en restaurantes familiares: langosta, pescado crudo con leche de coco fermentada, pollo ahumado, cerdo por partida triple: al horno con salsa de ostras, al curry, y asado con hojas de taro tierna -que parecen espinacas-, gambas de río con vegetales, frutos del árbol del pan frito, arroz con leche, y poe (o pudding) de banana con leche de coco...

         Algunas noches, a bordo, los marineros agarraban guitarras y ukeleles y se improvisaba un baile en la terraza de proa, junto al bar, mientras las estrellas brillaban y se reflejaban en las aguas mansas donde habíamos anclado.

 

Imagen de jBartroli

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