Todavía hay islas que parecen paraísos (VI): Ruinas misteriosas en la selva

          De bahía en bahía, el barco nos lleva por las islas Marquesas. En varios lugares desembaramos a tierra y visitamos ruinas de antiguos santuarios dedicados a dioses paganos. Admiramos bajo un aguacero tropical los tikis de piedra del mea'e de Tahua Oiponamea, que con sus dos metros y medio son los más grandes de la Polinesia después de los de la isla de Pascua.

           La lluvia fomentaba el carácter sagrado y secreto del santuario. En aquella atmósfera de vahos y brumas los dioses pétreos aparecían aún más imponentes, cubiertos de líquenes y brillando de reflejos mojados. Eran verdaderos señores de las sombras, de la niebla y de la lluvia, guardianes de la selva que nos rodeaba y del tiempo inmemorial que no volverá. Y en el extenso tohua de Hatiheu, bajo la opresiva arboladura de los banianos y otros árboles ciclópeos, vimos los petroglifos -extraños símbolos gravados en las piedras cubiertas de musgo- y el pozo de los sacrificios donde echaban los huesos de las víctimas en las fiestas caníbales. El verde denso del musgo cubría rocas y troncos y aumentaba la vejez y el misterio. Había algo de lúgubre, como si el llanto de los que iban a ser inmolados y comidos se hubiera impregnado en líquenes, mohos y humedades y hubiera quedado prisionero bajo las frondosísimas copas de los árboles. Verdaderamente, bajo los grandes árboles centenarios el aire se ha quedado inmóvil, prisionero.

         Me sabía afortunado, partícipe de una experiencia casi única, pero a veces encontraba alguien todavía más afortunado que nosotros. En la isla de Tahuata (solo 700 habitantes) conocí una pareja de jóvenes franceses de aspecto saludabilísimo, que llevaban 4 meses viviendo en casa de una familia de la pequeña aldea de Vaitahu. Meses intensos de vida tranquila y natural, y de bañadas en las preciosas y solitarias playas de arenas blancas del norte. El iba a pescar y a cazar cabras con los nativos. Ella había aprendido de las mujeres a trenzar fibra de coco y a hacer collares y pulseras como souvenirs. Cuando subieron a nuestro barco, la felicidad les desbordaba la cara morena.

Imagen de jBartroli

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