Todavía hay islas que parecen paraísos (VIII): La Bahía de las Vergas

          Los días pasaron, todos nuevos, diferentes, completos. El barco nos llevó hasta Fatu Hiva, la isla más verde de todas, y allí caminamos entre los pueblos de Omoa y Hanavave, subiendo por las tierras altas. Disfrutamos así de panorámicas sobre la cordillera volcánica tapada por un manto verde de malaquita y sobre calas azules metidas entre acantilados y selvas.

           Pero la mejor perspectiva de todas se abrió al iniciar el descenso al valle de Hanavave. Desde lo alto, los pitones y enormes molas de roca volcánica que se levantan de las laderas del valle, entre los cocoteros, parece que vayan a caer sobre el poblado que se resguarda al fondo. Vistos desde el barco anclado en la bahía, los pináculos erectos de lava enfriada son de una masculinidad ciclópea, pétrea, desbordante. Se comprende que los nativos diera a este lugar el nombre de bahía de las Vergas. Y lo ridículo e inútil del intento de los misioneros de transformar su nombre francés, de baie des Verges (bahía de las Vergas) en baie des Vierges (bahía de las Vírgenes) Y aunque uno estaría por decir que vergas de semejante tamaño forzosamente tendrían que permanecer vírgenes, no creo que fuera este el sentido que los misioneros le quisieron dar.

         La puesta de sol sobre la bahía de las Vergas de Fatu Hiva, vista des del mar, es una de las cosas más extraordinarias que se pueden ver en los Mares del Sur. La luz destila gota a gota su baño de oro sobre los cocoteros, las rocas de basalto y las montañas verdes. Es una luz fresca, alegre, embriagadora, una luz amarillenta de paleta de pintor puesta sobre todos los objetos. Mientras, el mar se va oscureciendo con una negrura azulada y espectral, con irisaciones metálicas que pronto se disuelven; la tarde se dilata, la brillantez hace sus últimos estertores, y, de repente, una sombra comienza a levantarse de la playa y sube pendiente arriba matando la ya pálida refulgencia dorada: el sol se pone en el otro extremo del horizonte y las sombras del océano invaden la isla.

         ¡Ah, los anocheceres de las Marquesas! ¡Dulces y rápidas caídas de la noche tropical! Solo hay algo que supera los anocheceres de las Marquesas. Y eso es sus amaneceres.

 

Imagen de jBartroli

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