Todavía hay islas que parecen paraísos (I): Las islas Marquesas

El turismo se extiende imparable por los Mares del Sur, llega cada vez a islas más remotas y en una tras otra transforma la vida de las gentes más ancladas en el pasado -en algunos aspectos para bien y en otros para mal-. Pero aún quedan islas y archipiélagos en los que el influjo del turismo apenas si se hace sentir, como las islas Marquesas, que te esperan a tres horas y media de avión o a cuatro días de barco de Tahití. 

         Las Marquesas no son unas islas cualquiera. Se cuentan entre las más bellas del Pacífico. Las crestas y aristas de sus volcanes son de lo más afiladas; sus selvas, valles interiores y tierras altas de lo más inaccesibles; sus vertiginosos acantilados de los más espectaculares; y sus habitantes una de las razas más bellas y más fuertes del Pacífico y posiblemente del mundo. Al menos así lo han considerado muchos navegantes, comenzando por el mismo capitán Cook, que escribió: "Son la raza más elegante en el Pacífico, quizás sobrepasando todas las otras naciones"

         No nos tiene que extrañar, pues, que sea tan larga la lista de famosos -y ya no digamos de anónimos- que sucumbieron a sus encantos. El capitán Cook fue de los primeros. Luego vino Herman Melville -el novelista que escribió Moby Dick- quien, tras caer prisionero en 1842 del jefe de una tribu de caníbales de Nuku Hiva, fue tratado a cuerpo de rey; cuando escapó relató sus peripecias en Tahipi y se pasó el resto de su vida añorando lo que había dejado. Otro escritor, el escocés Robert Louis Stevensón (el autor de La isla del Tesoro) narra en Los mares del Sur como fue en Nuku Hiva donde se enamoró para siempre de las islas polinesias, que  ya no abandonaría nunca más. El cementerio de Atuona, en Hiva Oa, tiene dos tumbas famosísimas que los árboles cercanos riegan con fragantes flores blancas de tiare; los escasos turistas se acercan con veneración a ellas, como peregrinos en pos del mito: son las tumbas del pintor francés Paul Gauguin y del cantante belga Jacques Brel, que hace 100 años uno y 20 el otro, sucumbieron al embrujo y quisieron vivir en las Marquesas hasta morir. Seducido también lo fue el arqueólogo noruego Thor Heyerdahl quien en 1937, antes de hacerse famoso cruzando el Pacífico con la Kon Tiki, vivió un año en la isla de Fatu Hiva protagonizando con su mujer un retorno a la vida en la naturaleza que se demostró imposible. Sí, larga es la lista de los seducidos. Ellos alimentan la leyenda.

         Y sin embargo, las Marquesas no son exactamente la imagen estereotipada que todos tenemos de los paraísos de los Mares del Sur. No tienen ni las lagunas de coral con aguas turquesas ni las playas de arenas blancas de Moorea o Rarotonga. No tienen la suavidad amable y reposada de jardín del edén que caracterizan a Bora Bora. En las Marquesas la belleza es salvaje, brutal, desenfrenada. La geografía torturada y la geología violenta son frutos del vulcanismo más desencadenado. Apenas hay carreteras y los senderos se enfangan con cada lluvia y son interrumpidos por múltiples torrentes. Apenas hay playas -aunque las que hay son extraordinarias- La selva es densa, húmeda, agobiante, putrefacta, impenetrable. Los nonos -mosquitas prácticamente invisibles- son una tortura de día y los mosquitos una peste al anochecer. Pero son grandiosas, turbadoras y casi vírgenes.

Imagen de jBartroli

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