Todavía hay islas que parecen paraísos (IV): Dulce pájaro de juventud

         La cerveza y el paka son el remedio de la juventud de las islas Marquesas a todo lo que echan en falta: discotecas, cines, tiendas, dinero. Y es un remedio al que muchos acuden con demasía, hasta el punto de hacerles olvidar lo bueno que les rodea: una libertad e independencia que a los jóvenes europeos parecería un sueño, el sexo sin complejos, las escapadas de las cabalgatas por la naturaleza salvaje, el surf sobre las olas, la pesca, un clima caluroso sin excesos... En definitiva una vida fácil, con pocas obligaciones y apenas complicaciones. 

         Aquí en la Polinesia Francesa, por ejemplo, el sexo se tiene como algo natural que forma parte de la vida y se practica sin tapujos. Pero para mi sorpresa, mis amigos no parecen demasiado satisfechos. Al parecer esos muchachotes ciclópeos, de largas cabelleras o cuidadas trenzas rastas, que han vuelto a sus islas después de fracasar en los estudios del bachillerato francés en Tahití, no tienen demasiado éxito entre sus compatriotas femeninas, que los consideran rudos, borrachos y poco cultivados. Ellas son más proclives a acabar sus estudios y a impregnarse de los finos modales franceses.

         Mis jóvenes amigos se me quejan pues -sin asomo de resentimiento, hay que decirlo- de que las muchachas marquesanas prefieren a los blancos antes que a ellos. Viendo su tipo atlético y sus músculos morenos llenos de bellos tatuajes y comparándolos con el aspecto de palidez enfermiza que lucimos los pocos blancos que andamos por aquí, me cuesta creerlo.

         -Es porque los extranjeros tienen dinero -me responden- y porqué a veces se las llevan a Francia.

         Quizás. Pero en todo caso, después pude comprobar, en las noches de baile a bordo del Aranui, que las mujeres blancas les prefieren a ellos. Es natural: ¿cómo competir con el desparpajo erótico y provocativo con que los marineros movían todas las partes de su cacho cuerpo cuando bailaban? En todo caso, aquello sirvió para tranquilizar mi conciencia y llegar a la conclusión de que, en cuestión de emparejamientos, quedamos en paz.

         Aquella noche, cuando finalmente las muchachas de una mesa vecina, que llevaban tiempo largándonos el ojo, nos comenzaron a sacar a bailar, se hizo evidente, una vez más, que nosotros los blancos quizás podíamos competir moviendo nuestro bolsillo, pero que con la gracia de mover el cuerpo, no. Pero en aquel momento no me importaba eso, sinó los ojos morenos que me miraban, los labios gruesos que me sonreían bajo la nariz ancha y algo chata, y el calor que olía a flores y me abrazaba.

         Aquello se repitió durante tres noches, seguidas de tres mañanas de resaca y de una nostalgia vaporosa y vaga. Con la apoteosis final de la noche del domingo 3 de agosto, las fiestas del 14 de julio quedaron oficialmente clausuradas. El lunes 4 los propietarios estaban desmontando los barracones de la feria y el entoldado, pero el pueblo se había vaciado de sus jóvenes. La mayoría se había fugado a la montaña en un intento desesperado alargar la fiesta, unos días más. Cuando por la tarde fui a casa de Filipo y su hermano a despedirme, el padre me dijo, con resignación, que hacía 3 días que no aparecían por casa. Se quedaban a dormir por ahí, con los compañeros, en casa de uno u otro, o en alguna cabaña del monte. El hermano, escultor de madera como su padre, no había aparecido a trabajar.

         -¡Són jóvenes! -exclamó uno de sus tíos, que esculpía un tiki de madera, como excusándolos aunque con mal disimulada envidia.

 

Imagen de jBartroli

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.