Todavía hay islas que parecen paraísos (II): El ritmo de las islas

         Una geografía torturada cubierta de un manto verde brillante y espeso apareció de repente ante mis ojos mientras me deslizaba a gran velocidad en helicóptero sobre los picos volcánicos de Nuku Hiva, entre los estrechos valles, dentro las gargantas cortadas a pico y encima los bosques de las tierras altas. El aparato pasó en vuelo rasante sobre las crestas más altas y detrás suyo se nos abrió un precipicio de vértigo que daba al espectacular circo volcánico que guarda la bahía de Taiohae, bañada de cobalto puro. El vuelo en helicóptero entre el aeropuerto de la isla de Nuku Hiva y Taiohae, el pueblo principal, es la mejor carta de visita que las Marquesas pueden ofrecer.

         Las Marquesas -solo 8.000 habitantes- viven al ritmo de otro tiempo. Un ritmo que en la mayoría del planeta es ya historia. Y los marquesanos lo saben. La falta de trabajo y el deseo de tener dinero para sus gastos impulsa muchos jóvenes a irse a vivir a Tahití. Pero son también muchos los que vuelven desengañados. No pueden acostumbrase al ritmo frenético de la ciudad de Papeete, donde los embotellamientos de tráfico son ya el pan de cada mañana, donde la competencia y el estrés se hace sentir, y donde sin dinero no eres nada ni nadie.

         Y es que en las Marquesas es todo otra cosa. Un ejemplo: llegué a Taiohae un 1 de agosto. Era viernes y el pueblo estaba de festejos. Como en cualquier otro territorio francés celebraban la fiesta nacional del 14 de julio -aniversario de la toma de la Bastilla- Con la diferencia que, aquí, la fiesta comenzó el 11 de julio y a primeros de agosto todavía duraba. Y es evidente que no era debido a ningún fervor patriótico francés de los marquesanos.

         Los festejos tenían lugar en las casetas de feria -bares y restaurantes- instalados junto al paseo marítimo. Los isleños iban llegando desde mediodía para comer, beber y cantar. Y así el resto del día. Una parte de la tarde se dedicaba a concursos y festejos varios: levantamiento de piedras, campeonato de petanca, caza de unos cerdos salvajes dejados en un corral improvisado, concursos de danzas tradicionales, elecciones de mises y misters de la isla...

         Caminando poco después por el paseo costero, unos jóvenes me hicieron señas de que me acercara. Estaban medio escondidos detrás de las ruinas de piedra restauradas de un tohua, o antigua plaza ceremonial y, naturalmente, bebían cervezas. Un olor dulce flotaba en el aire. Estaban ya alegres, pero continuaban aburridos, y yo era la novedad que podía proporcionar algo de entretenimiento. Además, tenían ganas de compartir su alegría. Borrachera y aburrimiento, en estas islas, va muchas veces unida y uno llega a pensar que los jóvenes beben con la única intención de conseguir la primera para olvidar lo segundo. Me invitaron a compartir sus cervezas, charlamos un rato y quedamos para la noche.

 

Imagen de jBartroli

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