Todavía hay islas que parecen paraísos (III): Noches de fiesta

         Aquella noche en Taiohae bebimos muchos litros juntos, en la mesa de uno de los chiringuitos del festival. Las latas se compraban por paquetes de media docena. Ahora me levanto y las compro yo, ahora te levantas y las compras tu... aunque era fácil descubrir, también, algunos escaqueos. Normal, después de tantos días de ininterrumpido festejo: los bolsillos iban muy flacos.

           En las mesas entorno nuestro se comía, se bebía, se cantaban dulces melodías acompañadas con guitarras, banjos y ukeleles. Olorosas coronas de flores adornaban las negras cabelleras de las mujeres, y capullos blancos de tiare poblaban las orejas de los hombres. La cerveza corría a raudales. Los había que bebían tanto -o mezclaban tan inconscientemente cerveza, pastís, vino barato español comprado en tetrabrik y licores locales- que caían en redondo. Entonces dos compañeros los recogían y los llevaban por pies y brazos hasta la caja de una camioneta para conducirlos a casa o, simplemente, los dejaban echados en un rincón.

         A las 8 comenzó el baile con orquesta. Pero nosotros solo bebíamos y bebíamos, charlábamos y reíamos. Estábamos demasiado empapados para poder hacer otra cosa, y parecía que solo los niños y las niñas se consolaban de no poder probar la cerveza prohibida jugando a bailar.

         Mientras tanto, la máxima preocupación de mis compañeros -a parte de beber, claro- era asegurarme de que se mantenían cool, -bien, tranquilos-. Los marquesanos, tanto las mujeres como los hombres, tienen un carácter tranquilo y dulce. Pese a su talante burlón y a que son bromistas irreductibles, comparten un evidente deseo de agradar al extranjero. Sin embargo, la bebida a veces les cruza los cables. Y ebrios pueden tornarse violentos y bregadores. Nunca he tenido una mala experiencia de este tipo, pero como la fama va por delante mis amigos, al parecer, intentaban tranquilizarme.

         Pasó mucho tiempo antes de que el frenesí colectivo se apaciguara algo y las parejas comenzaran a bailar en la penumbra. Entonces, por fin, hizo su aparición el paka. Me había ganado su confianza. Filipo me invitó a salir con el y llegarme a la orilla del mar: iba a fumar paka y me convidaba a compartirla. El pakalolo o marihuana, de producción local, causa furor entre los jóvenes de las islas.

 

Imagen de jBartroli

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