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Sirenas de barco en Estambul

        Las sirenas de los barcos se escuchan desde la mayoría de los barrios de la ciudad, todo depende del viento. En ocasiones los escucho desde mi casa en Cihangir. Es un pequeño consuelo que me reconforta, porque vivo en un piso bajo y no disfruto de vistas al Bósforo, como sería mi sueño. Ver los barcos pasar desde el balcón de casa… Cuenta Orhan Pamuk que en cada ausencia siente el deseo perentorio de volver a su ciudad a contar desde el balcón de su casa de Cihangir los barcos que pasan, como si la salvación de su ciudad dependiera de ello: “Cuando me voy de Estambul, a veces pienso que mi deseo de volver lo antes posible a la ciudad se debe a que quiero seguir contando barcos. A veces también creo que, si no los cuento, la ciudad se dejará llevar con mayor rapidez por la sensación de amargura y pérdida que se expande por ella…. Pero la determinación de hacer algo para contrarrestar la amargura también es importante para darle un significado de misión al hecho de contemplar perezosamente el Bósforo por la ventana”        

         Ha llovido toda la noche y ha soplado el viento. La mañana brumosa me ha impregnado de melancolía. Cuando reflexiono sobre esta amargura de la que hablan Pamuk y tantos otros escritores estambulitas siento que yo también me he contagiado. Estambul la inculca como un veneno dulce a quienes la habitan. La amargura que sume la ciudad y que destila en tantas páginas de su libro Estambul. Ciudad y recuerdos, hasta el punto de ocupar un capítulo entero: “Hüzün”. Pamuk es capaz de describirla con detalle y personificarla en cada tipo de habitante de Estambul, otorgarle nombres y ocupaciones. “La amargura que proporcionan la sensación de hundimiento que dejó el Imperio Otomano, la pobreza y las ruinas que cubren la ciudad, han sido cosas que han definido Estambul a lo largo de toda mi vida. Toda mi vida ha transcurrido combatiendo dicha amargura o, por fin y como todos los demás estambulíes, asumiéndola”.

         Durante su infancia y adolescencia, Pamuk “veía como los palacetes de madera ya decrépitos y abandonados ardían uno a uno y se reducían a cenizas y las casas de madera eran derribadas una tras otra para dar paso a bloques de pisos cemento (…) A veces me siento desdichado por haber nacido en Estambul, bajo el peso de las cenizas y las ruinas decrépitas de un imperio hundido, en una ciudad que envejece respirando opresión, pobreza y amargura”. La amargura que se desprendía de aquella cultura otomana muerta, de aquel imperio hundido, de los esfuerzos por occidentalizarse que, según Pamuk, más que de modernización, parecía un deseo de librarse de todas aquellas cosas muertas y la carga de los pesados recuerdos del imperio perdido. Ciudad de tres orillas, Estambul sueña con riberas lejanas, las que antaño dominó y desde donde venían y enviaba las mercancías que le dieron la prosperidad.

         Cuando paseo por las calles en busca de olvidadas ruinas bizantinas no puedo menos de dolerme por las últimas casas otomanas de madera que se caen podridas por desidia de los propietarios y pobreza de los inmigrados que las habitan y desaparecen una tras otra. Estambul y quienes la aman parecen víctimas de una sensación de perdida permanente, de una amargura que quizás se remonta a esa nunca curada tristeza de los griegos por la perdida de Constantinopla, la capital de su imperio y de su fe. También los turcos estambulitas sufren por el sentimiento de derrota y pérdida de una ciudad que se quedado sin su imperio y hasta ha dejado de ser capital.

          Mi amargura no es griega ni turca, va por otros caminos. Me duele la ausencia dejada por los griegos, esos dos mil quinientos años de historia desvanecidos, y la pérdida de tantas iglesias bizantinas hoy mezquitas despojadas de sus murales, mosaicos e íconos y me duelen las otras iglesias más nuevas pero vacías y abandonadas. Me duele la tristeza silenciosa, callada, de los armenios, por el desgraciado pasado que ni tan solo les dejan reivindicar. Me duelen por los miles de kurdos lanzados por el subdesarrollo y la guerra a la gran ciudad, lejos de sus familias, arrimándose a los trabajos más duros para salir adelante y enviar algo de dinero a casa. Me duele sobre todo la ciudad que conocí y se va desvaneciendo, y la gente que conozco y lo pasa mal….

         Solo el mar me salva de mis nostalgias. Al mar, pues, siempre al mar.

 

Imagen de jBartroli

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