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Sinaí, las voces del silencio (IV)

           Reprendemos el camino. El cielo del Sinaí, que de buena mañana era tan azul, se ha velado con telarañas blanquecinas. Cuando sale de entre las nubes, el sol pega con fuerza. Seguimos un hilo de agua, reliquia de la última lluvia; tan pronto es tragada por la arena como vuelve a manar unas decenas de metros más allá. Hay algunos árboles paupérrimos: acacias y tamariscos. El camino nos lleva hasta un pequeño estanque de agua fresca, al pie de una garganta de paredes rectas pulidas por las riadas. Una enorme roca lisa corta el paso; cuando llueve, por aquí salta una cascada.

         -Yo parar -me dice Farján- Tu, si quieres, baño -me señala el estanque- o explorar -y apunta al cañón.- Ir, ir. Tres horas, volver.

         Se estira sobre la arena dispuesto a dormir. Después de un rato de dudas, me baño, desnudo. En realidad, me sumerjo un instante y salgo de un salto a buscar un rayo de sol que me caliente: el agua está endiabladamente glacial. Cuando más tarde me adentro por la garganta, descubro la razón. La fuerza desatada de los torrentes ha labrado agujeros y pozas ahora llenos de agua. Y a la umbría, algunas se han helado.

         A mi vuelta comemos pan con queso de cabra, atún de lata y mandarinas. Y reprendemos la marcha. Farján me enseña una trampa de piedra para cazar leopardos. Los beduinos les tendían cepos porqué atacaban los rebaños. Dos decenios atrás, unos biólogos israelíes todavía encontraron una familia de leopardos en algún lugar del centro de la península que mantuvieron en secreto.

         Salvamos un pequeño altozano y entramos en un pedregal. Empiezo a sentirme cansado. La montaña nos mira desde mil ojos de piedra: las rocas alisadas por los elementos toman formas estilizadas, enigmáticas. Una vez superadas las horas de la luz más dura del mediodía, la brillantez de la atmósfera se suaviza y la geología reencuentra su rojo más elegante. Encima de los picos se eleva el disco lunar, blanco y manchado de cráteres azulados, sobre el azul profundo y sin mácula. Sinaí viene de Sin, un antiguo nombre del dios de la Luna. Camino por la montaña de la Luna.

         Hemos entrado en un valle más estrecho y la vaguada está ocupada por bancales plantados de olivos centenarios. Un grupo de asnos pastan la hierba escasa.

         -Uadi Zawatin.

         Así se llama este valle: el "torrente de los aceituneros". En una rama lateral, un poco cuesta arriba, hay una majada, una cabaña rústica de piedra de dos habitaciones.

         -Aquí pasaremos noche.

         Tan solo son las tres y media. Tenemos todo el tiempo. Farján enciende fuego y prepara té. Un hombre y un dromedario se acercan. Traen nuestras cosas y la comida. El camellero se llama Saad. Él y Farján se enzarzan en una interesantísima conversación que no puedo seguir, y les dejo. Subo cañada arriba, a contemplar la vista. La puesta del sol es de una suavidad y de un sentimiento sublimes. Me dejo llevar por el canto de unas alondras. Me siento en una roca, sobre la nieve, y allí me quedo.

 

Imagen de jBartroli

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