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Sinaí, las voces del silencio (III)

          Sinaí: el desierto, lo sublime y lo absoluto, la Revelación de Dios a su Pueblo Escogido y por extensión a la Humanidad, el sentido de la eternidad y de la inmanencia, el Silencio en mayúsculas. Algo de todo esto persigo sin saber que encontraré. Quiero adentrarme más en alma de esta montaña, dejar que me impregne, y he contratado para que me guíe a Farján Mohamed Zidán, un beduino menudo y flaco, magro como su tierra. Tiene mi edad, pero en realidad es más viejo.

         Hemos emprendido el camino esta mañana. Al poco he comprobado que, contra lo que me habían asegurado, Farján no habla inglés. Adiós a todas las historias magníficas de beduinos y de cacerías de gacelas y leopardos, a todas las leyendas que esperaba escuchar entorno la hoguera. Además, resulta que Farján está cansado.

         -Ayer ir buscar comida para camellos a yebel Katerina.

         Arranca un manojo de matojos secos.

         -Forraje. Yo madrugada volver. Yo solo cinco horas dormir.- Y abre bien la palma mientras extiende los dedos. 

         O en todo caso, esto es lo que me parece comprender de su argot de inglés y árabe.

         Subimos una pendiente empinada entre escarpados de roca colorada donde se dibujan los arañazos profundos de la erosión. El macizo granítico del Sinaí forma un baluarte imponente con alturas cercanas a los dos mil metros, roto por múltiples fallas donde las lluvias, escasas pero brutales, han labrado un dédalo de estrechos cañones y torrenteras. Seguimos un camino empedrado que va haciendo eses. Veo charcos de nieve helada. En los recodos hay bancales cerrados por muros de piedra seca: protegen jardincitos de olivos, algún que otro ciprés esbelto, almendros floridos y huertecillos de hortalizas. En los labrantíos, el suelo está paciente, amorosamente limpiado de piedras. Todo está ordenado y pulido. Son como islas de paisaje humanizado en medio de la destrucción mineral abrumadora de la erosión por el frío, el calor, el hielo y el viento; una erosión tozuda, incesante, de efectos cataclísmicos, que ha convertido la montaña en un roquedal ilimitado.

         Al llegar al collado, Farján para y se lía un cigarrillo. Bajamos por el otro lado. En el fondo del valle nos espera un corral de piedras y alambre de espino. Mi compañero abre la portezuela de hierro oxidado. A dentro hay una cabañita de piedra, un pozo sin brocal y una balsa. De ella se escapan hilos de agua hacia las higueras, almendros, granados, melocotoneros y parras de uva, de aspecto triste una vez el invierno los ha desnudado. En el extremo, allá donde comienza el congosto, -un pasadizo entre dos paredes a pico- crecen un par de palmeras datileras.

         Este sitio se llama Tubuk, y Farján lo conoce bien. Localiza dentro de la cabaña una tetera ennegrecida de hollín, saca agua del pozo, recoge ramitas secas -le ayudo-, enciende fuego con boñiga de dromedario y, cuando ha obtenido brasas, prepara té y recalienta pan. 

         -Hoy caminar poco, poco. Mañana mucho.

         Explica. O esto me parece. Está cansado, ya lo ha dicho.

         Comemos pan tostado con queso fresco de cabra hecho por una de sus mujeres. Porqué resulta que tiene dos, una situación que no le acaba de satisfacer:

         -Muchos problemas. Una buena, la otra mala. Y cuatro hijos.

Imagen de jBartroli

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