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Sinaí, las voces del silencio (II)

         He estado bebiendo té dentro de una de las tiendas de fieltro negro que los beduinos han instalado entre los peñascos de la estrecha cima. Afuera, silba el viento. Esperaba a que la gente se marchara y la montaña recuperara su calma. Recuerdo de otra visita un camino diferente al de la subida, y quiero emprenderlo en solitario.

         No tengo miedo a perderme: la montaña me inspira confianza. Guiado por la intuición más que por la memoria, me adentro por la pendiente de un despeñadero entre un caos de rocas y piedras y umbrías con charcas heladas y nieve. El sol aún está bajo, pero su luz ya es intensa. El derrubio se transforma en desfiladero, luego se abre a una vaguada. De repente, me sobresalta un estruendo. Me paro y escucho: son los latidos de mi corazón, los sonidos del silencio. Entiendo: estoy solo. Y por alguna razón desconocida, saberlo me hace inmensamente feliz y me inunda de serenidad.  

         Abrumado por el descubrimiento, tengo que sentarme encima una piedra: todo es tan bello, todo tan intenso. El fragor del silencio, la fragancia a tomillo, el aire seco y frío, el tacto helado de la nieve, el azul puro del cielo, la transparencia de la atmósfera... La desnudez magnífica de esta montaña atrajo a los eremitas cristianos que se alejaban de sus semejantes y buscaban Dios en la soledad del desierto. Si Dios ya habló una vez a Moisés aquí, ¿qué lugar mejor para continuar el diálogo? Aunque hijo de otra época, casi los entiendo.

         El sendero desciende por riscos y peñascales. En un recodo, aparece un chopo viejísimo, superviviente de climas pretéritos. La montaña está plagada de las huellas dejadas por los eremitas: cabañas, cuevas, ermitas, corrales... Allá abajo veo el estanque de Elías: la tradición sitúa el retiro del profeta. Los ermitaños construyeron una casita de piedra encalada, un estanque para recoger el agua donde ahora se reflejan la montaña rojiza, la nieve blanca y el azul del cielo, y un cercado de piedra donde seis cipreses y un olivo forman un minúsculo oasis.

         El Sinaí es para nosotros un desierto estéril, pero para los eremitas antaño y para los monjes y los beduinos ahora es un amigo que, cuidado con cariño y esmero en bancales diminutos, les ofrece lo que necesitan: trigo, verduras, hortalizas, aceitunas, higos, almendras, albaricoques y granadas. La vida es este milagro. Me vuelvo a sentar para escuchar al mundo: el silencio tiene el ruido de las alas de las moscas, del piar de unos pájaros, de la conversación de los seis cipreses y el olivo con el viento. Los israelitas escucharon a Dios con la voz del trueno, pero también podría haber sido esta la voz de Dios.

         Desde mucho antes de llegar, asomándome a los riscos, veo en la hondonada una fortaleza con un vergel al lado: es el monasterio de Santa Catalina del Sinaí. El emperador bizantino Justiniano lo mandó fortificar el 527 para que los eremitas tuvieran un lugar donde protegerse de los bandoleros. Desde entonces es un monasterio greco-ortodoxo, y su abad ostenta el título de arzobispo.

         Uno de los monjes, de hábito negro y poblada barba, me abre y me permite deambular por el sector visitable, bajo su seria mirada. La basílica, con tres naves separadas por columnas de granito, guarda centenares de iconos de un valor incalculable, candelabros, lámparas y un mosaico famoso en el ábside: el de la Transfiguración, con Jesús flanqueado por Moisés y Elías. En un patio crece una gran zarza: aseguran que es la misma que vio arder Moisés; la capilla de la Zarza Ardiente está a su lado.

         Del pasado de esplendor queda solo una docena de monjes. Desde la independencia de Egipto la comunidad griega ortodoxa de Alejandría se ha desvanecido en la emigración, y en Grecia las vocaciones también escasean. Pero Santa Catalina es aún una ciudad en miniatura, una ciudadela fortificada con su laberinto de callejuelas, escalas y patios entorno a la basílica y las capillas, la mezquita, el hospicio de peregrinos, la biblioteca y las celdas de los monjes. Me gustaría quedarme unos días, aquí donde la Edad Media aún no ha desaparecido y el paso de la historia -y quizás de Dios- flota en el aire prendido del humo del incienso, del temblor de las candelas y del canto de los monjes. Pero no cuento con ningún permiso. Me queda, eso sí, el desierto.

 
Imagen de jBartroli

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