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Sinaí, las voces de silencio (y V)

         Al anochecer mis compañeros hacen fuego dentro la habitación, en una palangana de hierro llena de arena. El techo es de palos, cañizo y plásticos, y el humo se escapa fácilmente. Oscurece. Calientan más té y lo bebemos, cubiertos de mantas. Al acabar, preparan la cena: sopa de sobre, salchichas y mandarinas. Tienen una densa conversación a la luz acogedora de las brasas; el temblor rojo de la hoguera baila en sus rostros y los convierte en máscaras sin cuerpo ni tiempo: podrían ser los mismos beduinos de Madián que acogieron a Moisés cuando tuvo que escapar del faraón. Olvidándome, están por sus cosas. ¡Qué no daría por participar! Me consuelo en la contemplación de las ondulaciones del humo, persiguiendo los delicados y sutiles tirabuzones en sus sinuosidades camino del cielo. Hacia las ocho nos acostamos encima la paja tierna, sumergidos dentro de las mantas. No noto el frío. A fuera, la luna está acompañada por un gran halo lechoso. 

         En el mundo que me rodea sé que puede haber hienas, chacales, algún lobo quizás, y hasta -¡ojalá!- un leopardo. Me alegra saberlo. Pero los únicos ruidos que me llegan los hacen los asnos que antes estaban merodeando por el valle y ahora dan vueltas entorno a la cabaña.

         Despierto justo después del alba. Los otros todavía duermen bajo las mantas y salgo a ver los primeros rayos iluminar las crestas. Van bajando, hasta platear las hojas de los olivos. Me lavo la cara con nieve de un charco. Mi ropa huele a humo. Subo al collado vecino y, al traspasarlo, me encuentro con que la cara norte aún está nevada. Nieve blanca y pura sobre la tierra roja del desierto: para mi siempre será una sorpresa, un pequeño milagro. Contemplo las pisadas que dejo: no hay otras humanas. Pero descubro muchas de animales invisibles: escarabajos, ratones, pájaros... Camino por la cresta del yebel Abas Basha, de 2.304 metros. Levanto vuelos ruidosos de codornices, que me traen a la memoria el episodio bíblico de la lluvia de estas aves que calmó el hambre de los israelitas. Una vez en la cima la panorámica es magnífica. Mi mirada se derrama por el valle de Katriín y el pueblo dormido al fondo, por las sierras y por los lejanos desiertos de dunas del norte. 

         La madrugada destila la magia de la claridad. La atmósfera es delgada como un papel de fumar, tan fina que parece que se haya de romper. Los perfiles de las cosas, cercanas y lejanas, son de filigrana milimétrica. La luz tiene una vibración cósmica. Y el silencio: es tan fuerte que, cuando me paro, puedo escuchar los ruidos más ínfimos, el crujir de la nieve helada al variar la temperatura, el aleteo de un gavilán encima de mi cabeza, el piar de un aguzanieves invisible... El aire es como el silencio. Tan puro que se puede oler. Una olor diferente a la que tiene en cualquier otro sitio. Olor a solo aire: el oxígeno, el nitrógeno, el escaso vapor de agua y el anhídrido carbónico.

         Al bajar ya salía humo del cañizo de la cabaña. El almuerzo: té endulzado y pan beduino acabado de cocer, redondo y fino, aromático a harina y leña, caliente. Lo acompañamos con queso fresco de cabra y más salchichas de vaca. Cada mordisco es una maravilla. Cuando acabemos, nos despediremos de Saad, y Farján y yo continuaremos caminando por estas montañas hasta el anochecer. Querría que fuera hasta la eternidad.

Imagen de jBartroli

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