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Siberia en tren: (VII): La incógnita del mañana

            Bratsk es un gran centro hidroeléctrico y metalúrgico con un extenso puerto fluvial sobre el río Angara. Durante kilómetros lo flanquean muelles, dársenas, grúas y engranajes, donde los cargueros llenan sus bodegas. Para la mayor parte de Siberia los grandes ríos son la única vía de comunicación -y aún solo durante los meses del deshielo veraniego. Por ellos se llevan los barcos las riquezas de la taiga y bajan hasta los puertos árticos miles de toneladas de troncos. Y por ellos llegan equipos y alimentos

            Bien aprovechadas, las riquezas de Siberia serían el pilar de cualquier estado. El comunismo las intentó explotar a cualquier precio y sin escrúpulos, pero sus propias limitaciones mantuvieron la explotación controlada. El legado es una muerte invisible. En algunos lugares esta belleza blanca y pura, estos cielos tan pristinamente azules, esos arroyos saltarines y claros y los lagos y caudalosos ríos, esconden trampas mortales: contaminaciones nucleares o químicas que causan enfermos crónicos, deformaciones en los fetos y matan y matarán durante siglos.

            Ahora la amenaza es el capitalismo más salvaje -sin reglas ni controles-. En los años noventa del pasado siglo Rusia estaba al borde del colapso. Necesitó desesperadamente los dólares de los contratos pera la explotación de la madera y los firmó a ojos cerrados. Luego las compañías japonesas, surcoreanas, canadienses -las mismas que destruyen la selva tropical- no han cumplio las cláusulas de protección del medio ambiente y de los pueblos nativos y, además, emplean mano de obra china o norcoreana, con lo que tampoco dan trabajo a la población local que los necesita desesperadamente.

            La taiga siberiana es dos veces más grande que la Amazonía. Pero es fragilísima debido a las condiciones climatológicas extremas. El permafrost hace que algunos zonas tarden centurias en regenerarse. Y pese a ello, desaparece a ritmo escalofriante. En parte por culpa del calentamiento global y en parte por la sobreexplotación de la taiga. Nadie sabe exactamente que está pasando, pero se calcula que los bosques son talados al ritmo de 40.000 km2 al año y que otros 10.000 km2 desaparecen por los incendios. Allí a donde llega algún tipo de transporte, se desvanecen más rápido que en la selva amazónica.

            Con el bosque están amenazados los animales y los pueblos indígenas que en él viven. Además, los cazadores ilegales aprovechan el caos y la corrupción para causar estragos. Todo está a la venta. En Sajalín me ofrecieron ir al Amur a cazar un tigre siberiano. Por uno pueden llegar a pagar 20.000 dólares. Quien los cobre vivirá sin trabajar diez años. La multa, si lo cogen, puede variar entre 50 y 5.000 dólares. Organizaciones internacionales intentan salvar los últimos tigres -unos 430 en 1994 y unos 200 ahora- y leopardos siberianos -una treintena-, que sobreviven en la orilla oriental del Amur (ya fuera de la Siberia estricta). Pero quizás el dinero para los proyectos científicos y las áreas protegidas como la Reserva de la Biosfera de Sijote Alin no sea suficiente.

            En Siberia todo es gigantesco. Su polución, su explotación, su destrucción, también.

 

Imagen de jBartroli

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