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Siberia en tren (VIII): La mar Baikal

        Las gentes de sus orillas lo llaman, con respeto, la mar Baikal, en femenino. No se entiende Siberia sin él. Su agua es tan pura que se puede beber directamente, pero en algunos puntos las industrias papeleras lo están contaminando.

            En Severobaikalsk, al norte, conocí la furia de sus tempestades. Las olas llenaban la superficie azul marino de espuma y batían la costa. En la otra orilla, la nieve de las cimas era azulada pero en ésta, la taiga era un bosque inmenso y oscuro, el reino de verdor sempiterno de las coníferas, de trasluces filtrándose desde las altas copas, de vuelos luminosos de insectos. Es un bosque que comienza en el mar de Ojotsk -en el Pacífico- y continúa sin interrupción hasta Escandinavia.

            Los rusos siberianos aman su bosque. Acuden a él todo el año, desde las ciudades y pueblos, a recolectar setas, y una multitud de frutos del bosque: fresas, frambuesas, grosellas, moras, arándanos, uvas salvajes, serbales... Luego suben a los trenes con las mochilas llenas, y en casa fabrican mermeladas, compotas y licores. Y van a los ríos a pescar, y salan, ahumean o secan al sol los pescados, para tener todo el año. El bosque llena las despensas con alimentos insustituibles especialmente en esta época de carencias. 

            Ahora he navegado por las aguas ya pacíficas, de azul intenso y profundo, del Baikal, a bordo de un pequeño vapor. Desde Irkutsk hasta la isla de Oljón, en donde me dejaron dos días después en medio de otra magnífica aurora -roja, vaporosa, dorada-. Me alojo en Juzhir, un pueblo de casonas de madera habitado por mongoles buriatos y paseo por la isla a pie, a través de una luz cristalina y pura, por praderas onduladas con corderos y vacas, donde los jinetes mongoles han cambiado el caballo por la moto. A mi paso alzan el vuelo manadas de pájaros y nubes de saltamontes. Hago auto-stop y me recogen con una moto con sidecar. Como en una playa solitaria y soleada. Al volver, un buriato me recoge, me lleva al puerto a buscar una docena de omol, el más preciado pescado de esta mar, y por la noche lo cuece cerca de una fogata en el jardín del hostal donde me alojo. Esta sabroso, más ahumado que asado, con gusto a leña y a mar. 

            Los buriatos son otra nación siberiana. La mayoría, unos 300.000, viven en la República Autónoma Buriata y son budistas lamaístas (como en el Tíbet), aunque aquí en Oljón son chamanistas. Cuando bebe vodka, mi amigo Kirim moja el dedo gordo tres veces en el vaso y expulsa las gotas al suelo: honora así a Burján, dios de la Baikal, y a Doshkinnoyón, dios de las tempestades, para que no se enfaden.

            Al volver en autobús hacia Irkutsk se desata una tempestad de viento mientras atravesamos la estepa. Los cultivos extensivos de forraje y patatas habían sido recogidos, la tierra oscura estaba labrada y vacía, y el vendaval lanza el polvo contra autobús, casas y gentes. El invierno se acerca, cabalga hacia mí, está ya ahí desbordando las cumbres nevadas de las montañas, mientras huyo de él.

            Esa misma noche, nieva en Irkutsk. Es solo una primera nieve, ligera, provisional. El sol vuelve y la derrite de las calles. Pero el invierno ya está ahí. Solo espera el momento adecuado para instalarse definitivamente por muchos meses. Llega mi tiempo de partir.

 

Imagen de jBartroli

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