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Siberia en tren (IV): Paisajes tras siete días de viaje

           El tren se para un rato en la estación de Irkutsk, mientras dormimos. El siguiente amanecer tiene lugar sobre el Baikal -de nuevo. El disco rojo del sol, con la fuerza debilitada por los vapores que emana el agua, se refleja entre los patos que nadan. Intento en vano reconocer los paisajes de hace años. 

          En el valle del Salenga, el río y sus afluentes bajan caudalosos y turbulentos. Las vertientes están cubiertas de bosques. Estamos en la República Autónoma Buriata y avanzamos por un valle entre montañas, muy poblado. Hay muchas casas de madera, dachas con huertecillos vallados, aserraderos, fábricas. Por las calles de la capital, Ulan Ude, circulan tranvías y la estación se llena de caras mongoles. Pueblos en la llanura, pilas de leña al lado de las casas, un jinete mongol a caballo, una mujer con vacas, campos de flores amarillas y azules, cielo calinoso. Muchos campesinos, hombres, mujeres y niños en pequeños grupos segando el forraje y apilándolo. Tiempo de siega, de prepararse para el invierno. Escenas pastoriles. Grupos sentados en la hierba comiendo. Solo de tanto en tanto breves bosques de alerces. Es domingo y hay barcas inflables en el río y los niños se bañan en los riachuelos entre patos y ocas blancas. Parecería la tierra prometida si no fuera por el terrible -y ahora invisible- invierno. Dan ganas de apearse y ver, conocer, saber, pero el tren me lleva hacia destinos lejanos. En el cielo, vuelan bajas las rapaces.

            Las provisiones traídas desde casa se van acabando, pero las renovamos en las paradas comprando nuevas en los quioscos y en las amas de casa que venden comida preparada para completar el sueldo. El tren para y, durante quince o veinte minutos, corremos como críos mirando lo que está en venta: cucuruchos de fresas o frambuesas, cerveza, pan, naranjada de importación, helados, piñones, fideos instantáneos, tomates, deliciosos raviolis, pollos asados, patatas hervidas, piñones de cedro, pepinos en vinagreta, kéfir, pescado seco… Una vez en el compartimiento, exhibimos lo que hemos encontrado como un trofeo y lo compartimos con los compañeros.  Y nos preparamos tes y cafés con el agua caliente que siempre hierve en el samovar.

            Es la última jornada y atravesamos una llanura humanizada en el sentido literal: campos de cultivos, tractores, pequeños huertos vallados, prados, casas e industrias. Definitivamente distinta a la taiga de ayer. El amplio valle de Blagoveshchensk, la capital de la provincia del Amur: retales de niebla que a veces se vuelven murallas etéreas, prados inmensos, rebaños de vacas, hileras de chopos, huertos, árboles de un tipo nuevo: robles y hallas refrescantes, frondosos, manzanos entorno las casas que ya no son de madera sino de ladrillo, zonas deforestadas. Siberia se acaba y entro en las Provincias Marítimas, en el Extremo Oriente de los rusos. Estoy completando el trayecto de ferrocarril más famoso del mundo. Siete días ininterrumpidos de transiberiano para llegar hasta aquí.

 

Imagen de jBartroli

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