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Siberia en tren (III): El verde verano

            Muchos inviernos después... un verano. Siberia aparece al otro lado de la ventanilla del tren como una inesperada sinfonía verde. Los bosques mezclan la seriosa oscuridad del abeto con la ternura del alerce, el frescor del fresno con el temblor de brillos dorados del álamo, y la densidad azulada del pino con el abedul de piel plateada.

            Los campos cultivados son de un verde brillante, intenso, y los campesinos están de siega en ellos, azada en mano. Otros levantan pajares que alimentarán al ganado en invierno. Las flores adornan los campos. De momento, el paisaje no se diferencia demasiado del de Europa central. Y el calor es sorprendente: una Siberia en mangas de camiseta. Es el invierno el que marca la diferencia.

            Después, bosques de pinos y abedules. Aguas encharcadas. Y pronto vaguadas francamente inundadas entre los campos verdísimos, ríos desbordados, carreteras enlodadas y con profundos surcos. En un país que llueve tanto y tan plano, el agua no sabe hacia adonde ir. El tren para en Ekaterinburg. 

            La URSS ya no existe, y Siberia abre lentamente sus secretos a los extranjeros. Estoy solo entre rusos, sin conocer su idioma. Apenas si nadie chapurrea el inglés. La comunicación tiene lugar diccionario en mano, con un libro de frases y hasta dibujos. Pero la desconfianza y la aprensión pronto se funden ante la calidez de la hospitalidad rusa. Las comidas se comparten y cada uno pone sobre la mesa lo que tiene. En el vagón los días en común nos hace compañeros, y en el compartimiento, amigos. Los compartimentos tienen cuatro literas, y las mantas y sábanas se alquilan al revisor. Hay lavabos pero no duchas. El restaurante vagón es mejor olvidarlo. Sin embargo, cada estación es una fiesta, sobre todo cuando llevamos tiempo sin pisar ninguna. Los pasajeros corremos por el andén mirando que podemos comprar en los kioscos y a las mujeres que venden comida cocinada, para llenar así la mesa. 

            Al atardecer desaparecen los árboles y el país se hace más plano: praderas y lagos y lagunas, espacios aún más infinitos si cabe. Atravesamos las Estepas Kirguises. Me quedo solo en el pasillo mirando la noche de estrellas.

            Tras dejar Omsk en la madrugada, despertamos en la región de Barabinsk, plana y cenagosa, con plantaciones de girasoles. Todos los pueblos tienen sus caminos enfangados. El puente de hierro sobre el Obi es magnífico: debajo suyo la gente se baña. Nos acercamos a Novosibirsk y hemos de cerrar las ventanillas, tanto es el hollín negro que se cuela y lo recubre todo con su manto repugnante. Las tenemos que mantener así, pese al calor asfixiante, toda la cuenca hullera de Kuzbas, una de las más contaminadas de Rusia.

            Con los contrafuertes de la cordillera del Sayán Oriental entramos en la taiga. Me explican que son solo siete los árboles que la forman: abeto, cedro, pino, alerce, abedul, álamo y fresno. Las curvas en las laderas ofrecen magníficas perspectivas. Las águilas otean desde los abetos más altos. Después de Krasnoyarsk, los tractores desnudan las amplias extensiones de cultivo y dejan a la vista enormes terrones de la buena, la fértil tierra negra.  

 

 

Imagen de jBartroli

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