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Siberia en tren (IV): El inaccesible norte

            La Siberia que se contempla desde el transiberiano es y no es exactamente la que uno se esperaba. Dos son las razones: el tren recorre transversalmente su parte más meridional, la de clima más benigno que permite aún la agricultura; y además el tren es la arteria vital -y hasta hace poco única- que ha permitido el desarrollo a sus orillas de explotaciones mineras y forestales y de grandes ciudades industriales: Novosibirsk, con 1'4 millones de habitantes, es la tercera de Rusia.

            Sin embargo, basta que uno se aleje cien, dos cientos kilómetros hacia el norte, para penetrar en la otra Siberia, en la inmensidad vacía de la taiga y la tundra sin fin, donde moran martas cibelinas, ciervos, alces y renos, glotones, osos y lobos, que se extiende hacia el norte durante tres mil kilómetros, hasta el Océano Glacial Ártico.

            La misma razón que ha preservado su virginidad es la que impide visitarla: su inaccesibilidad. 

            Pero incluso en este inmenso mundo virgen hay islas de destrucción humana. Ya en el paralelo 69, por encima del círculo polar, se levanta Norilsk: la ciudad más sucia de Rusia. Las industrias expulsan al aire 2'4 millones de toneladas de dióxido de azufre al año, o sea, 22 kilos por habitante y día. El delicado equilibrio de la tundra vive bajo amenaza. Norilsk nació en 1935 con el descubrimiento de enormes yacimientos de cobre y níquel, luego de carbón y, ahora, de oro. Todo lo necesario para instalar minas y fundiciones. Veinticinco años más tarde la ciudad tenía 100.000 habitantes y actualmente alcanza los 300.000.

            Y sin embargo el clima es tremebundo. El invierno ártico se prolonga nueve meses y la noche invernal 65 días. Entonces la noche se torna eterna, definitiva, opresora, depresiva. Sería imposible de resistir para alguien mediterráneo, e incluso muchos rusos siberianos solo son capaces de soportarlo a golpe de vodka. Despertarse, acostarse, trabajar, vivir, comer, divertirse, amar, tener hijos, todo a oscuras, a temperaturas que a veces caen a 50 bajo cero y que el viento convierte en infrahumanas.

            Más arriba del paralelo 70, solo accesible por helicópteros o, en invierno, trineos, se extiende la península del Taimir: un reducto de la naturaleza virgen. Aquí viven el buey almizclero, los osos y zorros polares, los lemmings y las perdices nivales. Es país de tundra, de permafrost -el suelo permanentemente congelado- de pantanos poblados por millones de mosquitos. La cortísima primavera comienza con una explosión de flores polares y millares de gansos salvajes y otras aves emigratorias la aprovechan para anidar. 

Imagen de jBartroli

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