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Shopping Centers y cortadores de cabezas (I): Manila megalópolis

         Manila es una capital que al llegar te abruma: tan gigantesca y desbordada, tan caótica, tan ruidosa y contaminada, tan superpoblada... tan asiática, en definitiva. Sales del aeropuerto y con el taxi que te lleve al centro te inmerges en el marasmo del tráfico, denso de monóxido de carbono, gritos y estruendo. Dentro del vehículo inmovilizado no corre ni una brizna de aire y el calor es bochornoso. Afuera fluye un río vital inmensurable, una humanidad maciza, abigarrada, que avanza como una marea, lucha por subir a autobuses y jeepneys, suda, trabaja, compra, intenta sobrevivir y sueña, al fin y al cabo, como tú y yo. Filipinas: 77 millones de habitantes y creciendo vertiginosamente, iglesias españolas, sociedad consumista modelo U.S.A, tribus de cortadores de cabezas, playas edénicas, rascacielos, guerrilleros y piratas, selvas, corales, la más absoluta miseria, lujos asiáticos, burdeles... todo esto y más en 7.100 islas. Éste es el cóctel llamado Filipinas.

         Metro Manila está formada por 17 ciudades y comunidades: una metrópolis de 10 millones de personas. Ciudad gris, ciudad cenicienta, de cemento y paredes que algún día fueron blancas ennegrecidas por la contaminación y el moho del trópico. Es un cáncer de lágrimas y barbas oscuras que afecta hasta los edificios acabados de pintar, dándoles un regusto de marchito, de vejez prematura, de dejadez. Únicamente la piedra noble de las iglesias y los fuertes españoles soporta con dignidad esta patina del tiempo.

         Pero pronto descubrirás que no hay una sino muchas Manilas. La primera que conocerás es Ermita y Malate, el barrio del turismo, donde están las pensiones baratas, algunos hoteles de lujo, y muchos restaurantes y bares. Es un barrio bastante tranquilo. Las calles están salpicadas de locales cerrados con paño y candado. Son las antiguas barras americanas y lupanares de cuando la calle de M. H. del Pilar era el "prostíbulo nacional" y las noches se iluminaban de neones rojos y muchachas ligeras de ropa azuzaban desde las puertas a los extranjeros. La oscuridad cae ahora sobre las ruinas de las antiguas casas de pecado que el alcalde hizo cerrar, pero en la calle de al lado, en Mabini, hay tipos de poco fiar que me susurran al pasar: "¿Quieres una chica guapa? Aquí mismo" Las chicas ahora no se ven, pero en algún lugar deben de estar. En donde sí están, definitivamente, es en el "distrito rojo" de Santa Cruz, al norte del río Pasig. La policía clausura una y otra vez los burdeles y los girlie bars, y los propietarios los vuelven a abrir. Allí la demanda es sobre todo local, popular. Los extranjeros buscan más la clase de Makati, o la mediocridad sórdida de los mueblés de Pasay y la avenida Edsa.

 

Imagen de jBartroli

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