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Shopping Centers y cortadores de cabezas (II): Manila rica, Manila pobre

         Vista desde la altura del monorraíl -esa especie de metro elevado que recorre la ciudad de norte a sur- la densidad humana de algunos barrios de Manila es de un amontonamiento fabuloso. Sobre todo en Chinatown. Las casas tienen uno o dos pisos. La vida se hace en la calle. Circular a pie exige un esfuerzo cansino, hacerlo en jeepney o en triciclo, una paciencia a prueba de bomba. Los humos de los motores ahogan. La gente se tapa la nariz con los pañuelos. El guirigay de bocinazos y frenazos es enloquecedor.

         En cambio, en la Ciudad Intramuros de Manila, todo es paz y sosiego. Intramuros es la ciudad colonial que los españoles construyeron dentro de macizas murallas. Era una maravilla arquitectónica, pero se volatilizó bajo las bombas en 1945, cuando los soldados del general Mac Arthur tuvieron que luchar casa por casa, durante un mes, para reconquistar la ciudad vieja y los japoneses se vengaron masacrando la población. En la carnicería incluyeron a la importante colonia española, hasta tal punto que el mismo general Franco, aliado de Hitler y del Eje, declaró la guerra al Japón en abril de 1945. Hoy, los solares vacíos y una inscripción recuerdan a los 100.000 muertos civiles que aquí hubo. Solo la iglesia de San Agustín (de 1599) quedó intacta. La catedral, muy dañada, ha sido reconstruida, al igual que diversas mansiones coloniales, convertidas en museos y tiendas de artesanía.

         En todas partes sorprende la juventud de la gente que ves en las calles. Muchachos y muchachas a millares. Parece un país sin viejos ni personas de mediana edad. En realidad, casi es así. Debido a la explosión demográfica, el 40% de los filipinos tienen menos de 15 años. Esta demografía descontrolada es uno de los grandes hándicaps para el desarrollo económico. Sin embargo, yo diría que los filipinos viven mejor que hace diez años, incluso pese a la actual crisis asiática. El país palpita, la economía se mueve y crece, apunta una clase media, hay inversiones, más trabajo, sueldos una pizca más decentes... Eso sí, la fosa entre los que tienen mucho y los que no tienen nada es aún enorme. Y continúa existiendo la Manila de la miseria. Todavía hay millón y medio de personas que se hacinan en depauperadas barriadas de chavolas. Tondo, la más famosa, acoge unos 180.000. Y, como contraste, la Manila del siglo XXI: Makati.

          Makati es el barrio de las finanzas, los bancos y grandes empresas, las embajadas, las compañías aéreas y los hoteles de más lujo. Los rascacielos brotan a un ritmo vertiginoso. Desde lejos, parece un bosque de altísimos y delgadísimos árboles de cemento y cristal. En el extremo sur está la opulenta Forbes Park, la exclusiva urbanización de los millonarios, vallada y vigilada por guardias de seguridad que solo dejan pasar a los residentes.

         Y por último está la Manila virtual de los shopping centres. Son una plaga moderna que invade las Filipinas. En su interior, los filipinos encuentran un mundo ideal, limpio, próspero, brillante, luminoso y frío -sobre todo frío, gracias al aire acondicionado-. Los escaparates y las tiendas están llenas de cosas bonitas, los multi restaurantes ofrecen montones de manjares deliciosos, las máquinas electrónicas transportan a otra dimensión, y todo es muy made in USA, todo muy como en las películas. Y para completar el viaje de Alicia en el País de las Maravillas, tienen además salas multicines donde la realidad y los sueños rozan y se confunden, donde la América que los filipinos ansían penetra por ojos, orejas y hasta por la piel gracias a las vibraciones del magnosound. Los shopping centres son el mundo de los sueños, burbujas artificiales de felicidad en medio de la realidad tercermundista, lo más parecido a una colonia humana en la Luna bajo su cúpula irrompible de cristal.      

         En Manila la noche es densa y espesa. La circulación se colapsa. Los filipinos hacen cola en las paradas de autobús y jeepneys para volver a casa. En Makati los restaurantes de lujo se llenan de ejecutivos, expatriados y diplomáticos y las discos más selectas hierven con los hijos de papá. En los barrios populares, el ajetreo no cesa. Manila no duerme nunca, ni de noche ni de día. Se acerca la media noche. En las casas de citas colocan carteles de no hay vacantes y el tráfico se aligera un poco, pero no cesa. La ciudad va arriba y abajo. Los cuerpos se venden, los negocios se cierran, se funden fortunas, se descubre el regusto amargo del placer mal buscado, se sueña, se duerme para olvidar, se ríe y se baila para buscar la vida, se juega, se pide caridad, se trabaja a todas horas. Se sobrevive las 24 horas del día.

Imagen de jBartroli

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