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Shopping Centers y cortadores de cabezas (III): El encanto de lo salvaje
A uno o dos días de autobús de la vorágine de Manila, está la cara opuesta de las Filipinas: las tribus montañesas que aún viven casi en la edad de piedra. Los autobuses serpentean las estrechas carreteras de la isla de Luzón entre campos de arroz en terrazas, bosques de pinos y precipicios. En el pequeño museo de Bontoc veo viejas fotos de algún hombre sin cabeza y de alguna cabeza sin hombre, fechadas en 1909. En ellas aparecen también los rebanadores: los famosos kalinga. Cuando al cenar se me presenta un joven que se llama Francis y que me ofrece alojamiento y guiarme por las montañas donde viven los kalinga, dudo unos minutos. En mi guía de viajes dicen que la provincia es peligrosa debido a las emboscadas de las guerrillas comunistas y montañesas. Pero decido que está anticuada, y acierto de pleno. La verdad es que hace tres años hubo un acuerdo de alto el fuego y reina una paz absoluta.
Durante dos días subo montañas empinadas entre terrazas colgadas donde el arroz tierno brilla como jade, me cruzo con campesinos que aran los campos inundados con ayuda de carabaos -los búfalos acuáticos filipinos-, visito poblados de cabañas de tronco y paja levantadas sobre pilones, charlo con ancianas tatuadas y con cortadores de cabezas que todavía me explican la última que rebanaron a un soldado japonés... Francis es un buen guía: él es kalinga, es amigo de estas gentes y somos bien recibidos.
Los kalinga son animistas y viven prácticamente en la edad de piedra. La pobreza impera en la montaña. Y ellos intentan conseguir el dinero que necesitan para pagar doctores, medicinas y escuelas, mediante el cultivo de la marihuana. En un poblado descubro una explanada cubierta de plantas secandose al sol. Me dejan fotografiarlas, pero ellos se esconden. Un gramo de marihuana cuesta solo unos céntimos. También la cuecen para fabricar hachís.
Unos días más tarde visito el país Ifugao. Se ha dicho que las terrazas de arroz de las tribus ifugao son la Octava Maravilla del Mundo. Definitivamente es algo digno de verse. Escalan vertiginosa las fuertes pendientes de la montaña, colgando sobre los precipicios, y resplandecen de verde o reflejan en su espejo de agua el cielo azul y las nubes blancas. El poblado más bello es Batad, sus viejas cabañas de madera se levantan sobre pilares entre los arrozales al fondo de un profundo valle. Hay que caminar varias horas para llegar, y el sol de fuego se alterna con la penumbra húmeda y caliente de la selva, pero el esfuerzo tiene su recompensa.

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