Shoppig Centers y cortadores de cabezas (y V): Para los que gustan de playas bajo los cocoteros

         Los aviones, los ferrys y los autobuses llevan los viajeros de isla en isla por el archipiélago filipino. De Luzón -la más norteña- a las Visayas: Mindoro, Panay, Negros, Cebú, Samar, Leyte, Bohol... Hasta aquí llega la Filipinas cristiana. Más allá está la musulmana, que los españoles nunca dominaron. Hasta hace muy poco el mar de Sulú ostentaba el dudoso privilegio de ser escenario de las correrías de piratas, especies de Sandokán con venda roja en la cabeza y Kalashnikov y granadas en la bandolera.

 

         Hasta hace dos décadas, las aguas entorno al archipiélago de Jolo eran consideradas peligrosas. Ni los barcos mercantes ni los cruceros turísticos se acercaban, solo las patrulleras del ejército, y aún lo menos posible. La inseguridad se extendía tierra adentro por diversas provincias de la gran isla de Mindanao, y al interior de Basilán. La tregua y los acuerdos de paz firmados entre el gobierno y las guerrillas del Frente Islámico de Liberación Moro (el mayor grupo rebelde musulmán) por un lado, y con el Nuevo Ejército Popular (NPA, comunista) por el otro, han ido trayendo la tranquilidad a estas tierras, con mucha lentitud. Hasta hace muy poco, continuaron aquí y allá las emboscadas, secuestros y ataques por obra de guerrilleros disidentes, bandoleros más o menos camuflados detrás de una reivindicación política, caciques locales o simples y meros bandidos sin más pretensiones, como en Jolo.

         Acercarse a Mindanao es experimentar una Filipinas diferente. Aunque antes hay que informarse. La inseguridad afecta aún a 3 ó 4 provincias. El resto se pueden visitar sin riesgo con tal de tener presentes unas mínimas normas de prudencia, de noche especialmente.

          Pero al cabo de un tiempo lo que más desean muchos visitantes es la Filipinas de las playas blancas con cocoteros y mares de coral. Cuando así sea, atención: no caed en la trampa de Mactán y sus grandes resorts turísticos de lujo, pensados para japoneses que gustan encerrarse en ghettos con piscinas y playas exclusivas. El turismo europeo, más selectivo, hace tiempo que ha encontrado dos paraísos: Boracay y Puerto Galera

         Boracay es la preferida del turismo internacional: hoteles, resorts, poblados de bungalows semilujosos, un golf, deportes náuticos de día, bares y fiestas de noche... El escenario es de ensueño: una islita de 7 km. de largo al norte de Panay, cubierta de cocoteros. Desde el aire parece una esmeralda verde rodeada de playas de arena blanca, acantilados y aguas de turquesa y jade. Hay una docena de aldeas, 5.500 habitantes, senderos para recorrer a caballo o en bicicleta, fondos de coral para bucear o practicar el submarinismo, pero el cemento está sustituyendo el bambú y la madera. Boracay continúa valiendo la pena, pero ha caído en manos de los especuladores.

         El otro paraíso, Puerto Galera, es para los que buscan cosas más auténticas. Los conservacionistas y la población local ha conseguido parar, de momento, a los desarrollistas. La playas son magníficas, los fondos submarinos excelentes, y los pequeños resorts con cottages o cabañas donde hospedarse se extienden hacia el oeste entre penínsulas y bahías. Puerto Galera es un rincón de paz y silencio situado al norte de la isla de Mindoro, frente a Luzón.

         Naturalmente, hay muchas más playas. Las más salvajes están en la selvática isla de Palawán: son las playas por descubrir, donde apenas si ahora comienzan a llegar los más aventurados mochileros alemanes, franceses e italianos. Más accesibles, pero igualmente refugio tranquilo para los que huyen del mundanal ruido, resultan la costa de Moalboal, al oeste de la isla de Cebú. Hay poblados de cabañas de madera para los turistas, pero poca arena en las playas. Y también la medio olvidada islita de Panglao, unida por dos puentes con el sur de Bohol. Allí, la arena blanca de Alona Beach -un kilómetro y medio de playas solitarias- ofrece algunos pequeños resorts con sus cabañitas, hamacas y restaurante sencillo donde saborear langostas y cangrejos.

         Así son las Filipinas, tan difíciles de definir: un cóctel de islas volcánicas y coralinas, de playas paradisíacas y de montañas, de tribus primitivas y de los más modernos shopping centers, con guerrillas musulmanas en un país católico hasta la médula, y una economía que pugna por sumarse a los "tigres" del sudeste asiático: La herencia española se mezcla con la enorme influencia norteamericana, y el país tiene mucho de latinoamericano, pero a la hora de la verdad está en Asia.

Imagen de jBartroli

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