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Samoa antes del maremoto (IV): Una casa sin paredes

          Mi familia habitaba un gran fale de forma ovalada. Se levantaba encima de un paepae o plataforma construida con piedras basálticas. Un doble anillo de postes de madera aguantaba la estructura del techo, hecha con pequeñas piezas de madera del árbol del pan atadas con fibra de sennit, y curvada para resistir la fuerza del huracán. Encima estaba sujeta la techumbre, una barda de hojas de caña de azúcar, que provee de frescor contra el calor de los rayos tropicales del sol. El suelo estaba preparado con cantos rodados de la playa, y tapizado primero con esteras burdas de palma, y encima con otra capa de fala, las esterillas finas. Al no haber paredes, el aire fresco inundaba la casa. Pero podían cerrar cualquier espacio moviendo las pola, pantallas móviles entretejidas con fibra de palma de cocotero.

         Los samoanos tienen pocos bienes materiales, así que les bastaban unos baúles para la ropa y un armario donde guardar platos y vasos. Allí tenían también la televisión y una radio. Durante el día recogían a un lado los colchones y edredones, y al llegar la noche los desplegaban, levantaban alguna pantalla del lado del camino para aislarse de ojos indiscretos, colgaban mosquiteras del techo, y la familia dormía junta. A mi, me habían destinado un pequeño fale circular, adosado a la casa familiar. Por la noche, los niños encargados de mi cuidado me instalaban un colchón y sábanas y me abrían la mosquitera. Es la obligación de los niños samoanos: ocuparse y servir a los mayores. Por la mañana me traían el desayuno. Durante el día, me ofrecían infusiones de cacao samoano (gustoso, y preparado con agua en vez de con leche). Cuando Amosa vio que iba a lavar algo de ropa, la cogió y dijo que ya lo haría él. A veces vienen y se sientan a observarme como leo, como escribo, como ordeno mis cosas.

         Un edifico anexo, el faleumu, hacía de cocina. Una parte de suelo está cubierto de guijarros para que el agua se escurriera fácilmente. Allí guardaban los sacos de harina y azúcar, las reservas de taro y otros tubérculos, y un pilón de cocos frescos. Y también el horno tradicional, enterrado en tierra. Un poco aparte, entre mamparas vegetales, quedaba el retrete y una ducha sencilla, cuyo depósito llenaban con cubos las niñas de la casa. En las aldeas cercanas al mar, el retrete es una cabaña de tablas instaladas sobre las rocas, de forma que la marea alta lo limpia cada día.

         En la casa vivía una "familia amplia". La sociedad samoana se organiza en aigas o clanes familiares que agrupan diversas generaciones bajo un mismo techo: no solo abuelos, hijos y nietos, también hermanas, cuñados, primos y parientes cercanos enlazados por sangre o de adopción. Si la familia es mediana como la que me acogía, viven en una casa; si son muchos, ocupan tres o cuatro contiguas.

         Cada aiga está dirigido por un matai, elegido por consenso entre el clan. Ser matai es un alto honor, pero también una pesada carga que no todos quieren asumir. De él depende toda la familia y todos cuentan con él para salir adelante. El matai distribuye el trabajo entre los miembros de la familia y reparte los alimentos y el dinero según las necesidades, asegura que los mayores estén atendidos, resuelve las disputas y vela por que el clan cumpla sus deberes sociales.

         La relevancia del matai se comprende mejor cuando se sabe que Samoa es una sociedad comunal, una de las últimas del planeta. El concepto de propiedad individual no existe. El 80% de la tierra es propiedad de las aiga y no puede ser vendido. La propiedad, igual que el éxito y el prestigio, se miden en términos de aiga. Y la familia es así la unidad económica. Los hombres laboran los campos familiares o van a pescar. Las mujeres recolectan, tejen esteras o cestería vegetal, fabrican el tapa -el tejido tradicional fabricado con corteza de árbol y decorado a mano- o preparan el kava –la bebida fermentada ritual- y cocinan. Quien tiene un empleo, contribuye con el sueldo a las necesidades comunes. Las niñas, a partir de los cinco años tienen asignada la pesada tarea de cuidar de sus hermanos menores, y los niños de la casa donde vivía, por ejemplo, me tenían a mi a su cargo: me traían el desayuno de cacao desecho en agua y buñuelos banana, me lavaban la ropa, me ofrecían beber agua fresca de coco o un poco de pollo para cenar... 

Imagen de jBartroli

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