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Samoa antes del maremoto (I): El país de la sonrisa permanente

          Un terremoto primero y el tsunami después han azotado las costas de las islas de Samoa. La muerte y desolación se ha abatido sobre sus gentes, habitantes de un paraíso que no lo es tanto en un mundo global donde la economía es mucho más complicada que la simple tarea de pescar, cazar y cultivar para comer. Samoa, edén de nuestros sueños del mismo modo que el edén soñado por los samoanos es Sidney, Los Ángeles o Honolulu. ¿Qué habrá sido de mi casa donde vivía, de la familia que me cuidaba, de los pueblecitos en primera línea de mar, de las cabañas en la playa? Vayan estas líneas en homenaje a los samoanos.

         Entre el ecuador y el trópico de Capricornio, en el corazón del Pacífico, los días son calientes y húmedos y la luz, un estallido. Y las noches están llenas de luna y estrellas y de rumor de olas. Durante la estación calurosa, de noviembre a abril se abaten los huracanes, cada año con más virulencia debido al recalentamiento del planeta, pero entre mayo y octubre refrescan los alisios del sudeste. El azul índigo del mar tiene una profundidad abismal y brilla salpicado por el viento y las grandes olas. Y las islas son jóvenes, hijas de la fuerza telúrica de los volcanes y de la lava negra. Cuando envejecen y se hunden por su propio peso sobre la corteza terrestre, o se desmoronan por la erosión, el coral arraiga y crece en ellas, crea atolones, islotes de arena, playas y lagunas madrepóricas donde el mundo submarino compite en variedad, colorido y riqueza con el terrenal.

         Así son las islas de Samoa. Islas bendecidas por una naturaleza generosa, una tierra fértil, un clima cálido, unas lluvias abundantes... Durante siglos han dado a sus habitantes todo lo que podían desear. En estas islas privilegiadas -y en las vecinas Tonga- se forjó, hace tres mil años, la raza polinesia, fuerte y musculosa, dulce y generosa e ingenua. Y desde aquí zarparon durante cientos de años los navegantes que colonizaron todas y cada una de las islas del Pacífico oriental.

         Los descendientes de los que se quedaron son los samoanos de hoy en día, quizás el pueblo polinesio que mejor mantiene su sistema de vida tradicional ajeno a influencias exteriores. No se trata, evidentemente, de la sociedad original que encontraron Roggeveen o Bougainville, los primeros europeos en llegar. Desde 1830 los misioneros han implantado una profunda huella. La colonización y la modernidad han traído el dinero, coches, carreteras, electricidad y mil y una nuevas necesidades. Pero pese a ello, los samoanos mantienen con orgullo y voluntad el fa'a Samoa, o "vía samoana", frente a los palagi o extranjeros.

Imagen de jBartroli

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