Rutas del mundo (I): El comercio, tan antiguo como la Humanidad

          Las altas mezquitas de Estambul iluminan de noche las aguas del Bósforo que separan Europa de Asia. Estambul, Constantinopla, Bizancio: encrucijada de rutas, una ciudad que nació para unir Occidente y Oriente, para superar este estrecho que ahora la refleja como un espejo. Sentado en la orilla, en la terraza del café al lado del palacio de Dolmabahçe, contemplo unos lapislázulis engarzados con filigranas de plata en pulseras afganas. Su color azul oscuro intenso se parece al cielo sobre mi cabeza; sus centelleos de pirita, a las estrellas. Las he comprado por la mañana en una tienda del Gran Bazar. Los vendedores eran uzbecos huidos del Afganistán. El delicado repujado era obra de orfebres kazajos. El lapislázuli, naturalmente, venía del Badajshán.

         El azul infinito de estas piedras me lleva muy lejos. El mismo azul bordado con plata kazaja en anillos y brazaletes la compraba cuando iba a Peshawar a principios de los años noventa, en la tienda de un refugiado afgano amigo mío de Saddar Bazaar. Y unos años antes, en Kasghar, en el Turquestán chino, los plateros uigures fundían plata en un crisol, y con finos filamentos enzarzaban delante de mis ojos las mismas piedras azules como la eternidad. Siempre estas piedras, todas provenientes del mismo lugar. ¿Qué ruta había seguido cada una de ellas hasta llegar a mis manos?

         La misma fascinación la habían sentido los egipcios, los acadios, los hititas, los asirios... Hace cinco mil quinientos años el lapislázuli ya llegaba hasta los valles del Nilo, del Tigris y del Éufrates. Las gemas que encuentran los arqueólogos en los palacios en ruina y en las tumbas marcan como hitos los caminos por donde lo transportaban: del Badajshán a lo largo del río Amu Darya hasta Bactria y Margiana, y desde allí por el desierto hasta el nordeste del Irán, después por los montes Zagros y así hasta Mesopotamia; o lo bajaban hasta los oasis del Sistán y, tras franquear los márgenes del desierto de Lut, hasta la costa del golfo Pérsico y desde allí por mar hasta Elam y Babilonia. La Ruta del Lapislázuli fue una de las más antiguas rutas comerciales de Asia. Pero ni de lejos la primera.

         Una red de rutas de intercambio teje como una tela de araña la geografía del mundo. Cubre los continentes y los une unos con otros. Así ha sido desde el principio de la humanidad. Al mismo tiempo que los lapislázulis llegaban hasta la corte de Tutankamón y se enterraban con su momia en el Valle de los Reyes de Luxor, rutas similares seguía la turquesa verdiazul del desierto de Kyzyl Kum (en el actual Uzbequistán) que lucían los nobles de Sumeria. Y los vasos de serpentina gravada de Irán que llegaron hasta Mesopotamia. ¿Hubo comercio antes? En el tercer milenio aC, el estaño del Afganistán, viajaba por tierra y mar hasta Ur de Mesopotamia. Antes aún, a lo largo del cuarto milenio aC, el cobre del centro del Irán ya había llegado hasta el Tigris y el Éufrates donde Sumer comenzaba a escribir la Historia. Con anterioridad a la Edad de los Metales, en Asia como en Europa o África o América, habían rutas para intercambiarse los cuchillos y hachas de sílex, o para llevar hasta donde no lo había el pedernal que despedía la chispa que encendía el fuego.

         Las rutas comerciales son tan viejas como nosotros.

 

Imagen de jBartroli

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