Rutas del mundo (II): La Ruta del Incienso

          En el desierto del Dhofar, al sur de Omán, crece un árbol único. Los científicos lo llaman Boswellis sancti. Al cortar una incisión en la corteza, brotan unas lágrimas translúcidas, amarillas o rojas que, tocadas por el sol, brillan como el oro. En el mercado de Salalah, una mujer negra, generosa en carnes y en risas, las vendía. Al preguntarle, encendió un hornillo de barro, puso unos cuantos granos encima, sopló suavemente para avivar la llama, y las virutas de humo me trajeron una olor agradable, embriagante, agridulce, que me recordó a Semana Santa. Era el incienso.

         Desde que descubrieron aquella savia, los humanos la consideraron una fragancia divina. La Biblia habla de ella: la reina de Saba se la llevó a Salomón. Según el Evangelio de san Mateo fue uno de los presentes que los Magos de Oriente presentaron al niño de Belén. La certeza más antigua que se tiene de su uso son los frescos del templo egipcio de Deir El-Bahari, donde se ve a la reina Hatsheput recibiendo el incienso que hacia el 1500 aC le trae la flota que mandó al país de Punt. Su fama alcanzó pronto Babilonia, en Egipto lo usaban en las ceremonias de enterramiento, en los templos de Karnak, de Nínive, de Grecia se quemaba en honor de los dioses, las reinas de Persia usaban perfumes elaborados con él.

         Caravanas al principio de mulas y asnos y, a partir del siglo IX a. C., de hasta tres mil camellos, remontaban los oasis de la costa de Arabia, paralelos al mar Rojo, y traían el incienso hasta la ciudad de Petra, el puerto mediterráneo de Gaza o el reino de Palmira, y desde allí se distribuía por el mundo clásico. Era la Ruta del Incienso. Con él llegaban otras fragancias, especiería, perlas, marfil y ébano. Así pues, los griegos pensaron que el sur de Arabia de donde procedían todas aquellas riquezas debería de ser un país de fábula y lo llamaron Arabia Feliz. En Grecia, fue Herodoto el primero en loar sus maravillas y riquezas: "Arabia entera es un paraíso de fragancia suavísima y casi divina".

         En otoño del 1989 visité las ruinas de Baraqish, al pie de las montañas del Yemen y a orillas del Rub al Jali, el terrible desierto vacío del sur de Arabia. Con el nombre de Yathil había sido la primera capital de los mineos, y tres mil años después sus altas murallas de piedra y sus torreones almenados se mantenían aún en pie, guardando las casas derruidas y vacías. No había más voces que la del desierto. Pero altiva sobre un altiplano dominaba la llanura. Baraquish me dejó su olor de aire caliente y áspero en la boca seca y una impresión imborrable. Unas horas después, recorría las ruinas de Ma'rib y contemplaba los cinco pilares ciclópeos que los beduinos dicen pertenecieron al palacio de Bilqish, la reina de Saba, los restos de un templo y las compuertas de la famosa presa. Ni rastro de aquellos palacios que, según Estrabón, "las puertas, los muros, los techos, tienen revestimiento de marfil, de oro y de plata, incrustados con piedras preciosas". Ma'rib espera que los arqueólogos la desentierren de debajo las arenas hoy habitadas por beduinos fieros de su independencia y libertad. 

         Un país de olor divina. Lo que nadie sospechaba era el secreto de los mercaderes sabeos y mineos que hacían la Ruta del Incienso: ninguno de aquellos bienes preciosos procedía de su país. El incienso, la mirra, la casia, el ládano y los otros perfumes lo iban a buscar al Hadramaut y al Dhofar. El marfil y el ébano lo traían en barco desde las costas de África oriental, la canela desde la isla de Ceilán, la pimienta, el jengibre y las otras especias desde la India, y allí compraban además otro producto maravilloso que procedía de mucho más lejos: la seda. Ellos actuaban de intermediarios y se enriquecían con su monopolio. Pues además, los sabeos eran excelentes marineros y aprendieron antes que ningún otro pueblo a utilizar el ritmo estacional de los monzones para navegar por el océano Índico: los vientos de los monzones de verano llevaban sus naves de ida a la India y los de invierno los traían de vuelta, y completaban el viaje en solo un año.

        Durante más de mil años la Ruta del Incienso cruzó las arenas de Arabia e hizo la fortuna de Saba y de Main. En época de Jesús, la Arabia Feliz exportaba 3.000 toneladas anuales. Al final, no fueron las armas y los ejércitos los que trajeron su decadencia, sino la ciencia y los conocimientos. En el siglo I, un marino de nombre Hípalo, no se sabe si griego o romano, descubrió el secreto de los monzones. Hacia el año 60 d.C., otro marino, un griego anónimo, escribió el Periplo del Mar Eritreo, una guía del Océano Índico para navegantes y mercaderes. A finales del siglo I, Estrabón afirmaba que hasta 120 naves romanas viajaban desde el puerto egipcio de Myos Hormos hasta los puertos de la India... once siglos antes de que los visitara Marco Polo.

 

Imagen de jBartroli

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.