Rutas del Mundo (y IV): Los nuevos marcopolos

         Estambul es hoy una megápolis gigantesca donde viven, sueñan y anhelan doce millones de almas. Intramuros, en Beyacit, en Aksaray, en Sultanahmet, la ciudad bulle de tiendas y galerías comerciales, negocios, casas de cambio y hoteles. Las calles están llenas de voces extrañas y rótulos en lenguas extranjeras. Escritos en ruso, rumano, chino, inglés, dan fe desde cuan lejos acuden los modernos mercaderes. No buscan la seda ni las especias, sino tejanos, lencería femenina, ropa de marca, electrodomésticos, ordenadores. Compran aquí lo que falta y pueden vender más caro en los Balcanes, en Rusia, en Ucrania o en el Cáucaso. Hacia allá se irán, los más modestos cargados de maletas en autobuses o aviones, los más potentados tras llenar contenedores y fletarlos en camiones, barcos o aerocargos. Como en tiempos de Marco Polo. Los mercaderes han cambiado de productos y de medios de transporte, la seda por la electrónica y los camellos por los camiones, pero la esencia sigue siendo la misma.

         La caída del Imperio Soviético, los cambios políticos, las mutaciones crisis económicas, crean nuevas necesidades y abren nuevas rutas. En la era del comercio global, los nuevos mercaderes obligados por la crisis y el paro conviven con los viejos de los bazares medievales de la Ruta de la Seda, desde Estambul a Pequín. Sentado frente a un adaçay, un te con fragancia a romero, en una calle de Aksaray, escucho hablar en ruso, en rumano, en lenguas que no se identificar. Y pienso en todos los lugares donde me los he encontrado desde Trebisonda -la Trabzon turca- al transiberiano y sus ramales, esa una nueva ruta que alimenta con sangre preciosa las ciudades siberianas en decadencia y olvido. Son los mercaderes chinos que copan los asientos y los portaequipajes del transmanchuriano y transmongoliano entre Pequín y Moscú. O el ejército de mujeres que cada día sube al ferrocarril BAM cargadas de fardos; entre cigarrillo y cigarrillo, nerviosas y angustiadas, explicarán al extranjero que las quiera escuchar historias de paro, de maridos borrachos, de sueldos de miseria, y de como dejan los hijos en casa y se van una vez por semana hasta Blagoveshchenks, en la frontera china del Amur, a comprar comida, ropa, electrodomésticos o juguetes, lo que sea, para revenderlo en sus ciudades aisladas en la inmensidad de los bosques dorados. O aquellos dos hermanos jóvenes que entraron en mi compartimiento del transiberiano en Petropavl, hoy Kazajstán, a donde habían ido a comprar las medicinas que allí son más baratas, para revenderlas en Omsk, su ciudad natal.

         Marcopolos modernos, anónimos, de rostros sombríos, golpeados por la vida. Su existencia me parece todo menos romántica o envidiable. Aunque quizás, de aquí a unos siglos, algunos viajeros se sentarán en los cafés de Estambul y se entregarán a la nostalgia por este tiempo que no pudieron conocer, tras leer la vida de uno de ellos que hacia el año 2.000 recorría las rutas de Asia y acabó por publicar un libro que se hizo famoso y que, con el tiempo, como el Libro de las Maravillas de Marco Polo, acabó por transformar el mundo.

Imagen de jBartroli

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