Rutas del Mundo (III): La Ruta de la Seda

                La Ruta de las Especias sucedió a la Ruta del Incienso y el rlevo llegó por mar. Pronto el Índico estuvo cruzado por rutas marítimas que unían los puertos de Ceilán y la India con los de Persia, Arabia, las costa de Azania o Zanj -el litoral oriental africano-, Etiopía y Egipto. Los romanos amaban los lujos. De la India se hacían traer marfil y perlas, peines de concha de tortugas carey, aceite de sésamo, colorantes como el índigo y el añil, el azúcar y las especias: pimienta negra, canela, jengibre, nuez moscada, clavo... Pero había algo más que les impulsaba hacia Oriente, algo que causaba furor entre los ricos patricios y matronas de Roma: la seda.

         En los mercados de Roma pagaban la seda por su peso en oro. Tan apreciada era que, en el año 14 d.C., el emperador Tiberio prohibió usarla a los hombres: temía que aquel lujo les llevaría a la decadencia. Y Plinio el Viejo se quejaba de como aquel suave y trasparente tejido hacía que las mujeres parecieran desnudas. En su Historia Natural advierte que el gusto romano por los lujos exóticos del Oriente, como perfumes, especies y sobre todo la seda, costaban al Imperio 50 millones de sestercios de plata cada año. Pese a todo, el origen de aquel tejido maravilloso continuaba siendo un misterio para los romanos. Solo sabían que venía de Seres o Serica, en latín el "Reino de la Seda", y creían que crecía como una pelusa en las hojas de los árboles.

       La seda comenzaba su ruta en Chang'an, "La Paz Eterna", la actual Xian. Era la capital de China durante la dinastía Han. De allí partió, el año 138 a.C., un joven embajador. Su nombre: Zhang Qian. Su misión: buscar aliados contra los xiongnu o hunos, los nómadas de las estepas. Viajó hacia el oeste hasta donde nunca otro chino había llegado: el valle de Fergana y la ciudad de Bactria. En el primero, descubrió con admiración sus espléndidos corceles y el vino de uva. En la segunda, se sorprendió de encontrar seda china en los bazares: los comerciantes habían abierto los caminos antes que los embajadores.

         Cuando trece años después Zhang Qian pudo volver a Chang'an, traía una mala noticia: el rey de Bactriana no tenía interés en aliarse contra los hunos. Pero explicaba historias fabulosas sobre bebidas exquisitas y caballos celestiales que casi podían volar, sobre magníficas ciudades ignoradas, como Fergana, Samarcanda o Bujara, y sobre rumores de lejanos imperios: Partia y aún otro más allá, Li-chien: Roma, probablemente.

         La tradición china otorga a Zhang Qian el honor de haber abierto la Ruta de la Seda, además de haber introducido la vid en China. En realidad, la seda se le había adelantado muchos siglos: se ha encontrado seda china en tumbas bactrianas del 1.500 a.C., y en el 550 a.C. ya era conocida en Atenas. Las rutas comerciales son tan viejas como el hombre. Pero sí es cierto que llevó a China una información vital sobre los productos, los bazares, los oasis y los caminos de las caravanas de Asia central, y que, gracias a ello, se intercambiaron embajadores, el comerció se potenció y los trayectos caravaneros se unieron en una gran y única ruta, más extensa, que cambiaría el mundo.

         La Ruta de la seda es un río caudaloso que ha movido la historia y donde la historia aún se mueve. Un río donde pasado y presente se mezclan, y el viajero se siente llevado adelante y atrás en el tiempo, de salto en salto, de bazar en bazar, constantemente. Es el río humano que los domingos baja por las laderas del Tian Shan y del Pamir, brota de las aldeas de los oasis, llena con carros y asnos las calles de Kasghar y confluye hacia la gran explanada del mercado: uigures, kirguises, uzbecos, chinos, pakistaníes... El mercado más grande de toda Asia Central, dicen. El mercado de hoy bulle, huele, viste, habla, regatea, vende, come, ríe, sueña, igual que cuando los viajeros famosos de la Ruta pasaron por aquí. Quizás fuera comprando y vendiendo en él donde Marco Polo comenzó a meditar un libro que cambiaría el mundo e impulsaría a Colón a buscar la corte del Gran Kan y los tejados de oro a Cipango, no por tierra hacia Oriente, sino por mar hacia Occidente. 

         Los siglos se han parado en los bazares de la Ruta de la Seda. Kashgar, Dunhuang, Samarcanda, Bujara, Isfahán, Tabriz, Damasco, Trebisonda, Constantinopla... A lo largo de ella florecieron centenares de ciudades. Cada una contaba con caravanserais para que camellos y mercaderes descansaran, con bazares donde intercambiar productos, con cortesanas para reposar el cuerpo y templos para reposar el alma. Los caravaneros compraban alimentos a los campesinos locales, depositaban ofrendas en los monasterios para agradecer a los dioses el paso de un peligrosísimo puerto de montaña o para pedir que les librara de las espadas de los bandidos que infestaban la siguiente etapa. Reyezuelos locales y grandes imperios: todos imponían derechos de peaje; a cambio ofrecían protección armada contra bandoleros o nómadas de la estepa. La Ruta era un río que repartía riqueza todo a lo largo de su curso. Y también la cultura, el arte y el saber. Las ideas, las religiones y la ciencia viajaban así mismo por ella, de ciudad en ciudad y de país en país.

 

 

 

 

Imagen de jBartroli

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