R. L. Stevenson: Un poeta en los Mares del Sur (II): Las Islas Marquesas

          Al emprender en 1888 la ruta de los Mares del Sur con su mujer Fanny, su hijastro Lloyd y su madre Maggy, Stevenson se despedía del viejo mundo que dejaba atrás aún antes de saber lo que encontraría en el futuro. Tenía la intuición cuando su goleta El Casco cruzó la Golden Gate, la Puerta Dorada de San Francisco, y escribió el poema Adiós:

          "...isla tras isla, mar tras mar,

         ¿por qué navegar, por qué la brisa?

         He sido joven, y he tenido amigos.

         Despliego una vela sin esperanza, demasiado tarde.

         ¿Por qué navegar de isla en isla,

         marino sin esperanza?"

         Tenía todo para ser feliz -excepto salud-, y sin embargo no lo era del todo... Algo le faltaba, y ese algo le esperaba en las islas, más allá de "las tierras inmensas del día y de la noche".

         Al llegar a las Marquesas, Stevenson no solo encuentra paisajes azules y lejanos que despiertan la virginidad de los sentidos, sino también gentes que le fascinan. Descubre al Otro: el polinesio. "La mayoría de los polinesios son gentes con las que uno puede ponerse en contacto fácilmente, francos, aficionados a que se les note, hambrientos del más ligero cariño", escribe. Queda sinceramente prendado de ese pueblo, alegre e inocente como niños, de cuerpos inmensos y fuertes, de sonrisa siempre viva, de rudeza primitiva y serenidad densa, tan cercano todavía al "buen salvaje" perdido. Será una admiración mutua, correspondida. Las amistades le surgirán en todas las islas donde recale.

         Más de cien años han pasado, y la bahía de Anaho emociona del mismo modo al visitante y le abre igual os ojos a una existencia nueva y a otra manera de entender la vida. Duerme impoluta, majestuosa bajo los ciclópeos pináculos de basalto gris del antiguo cono volcánico. La luz esbelta y tersa, como acabada de nacer, magnifica los detalles más pequeños. Los cocoteros brillantes -"jirafas vegetales"- la engalanan y en sus aguas transparentes las mantas gigantes planean bajo el barco que llega y fondea. Pero la bahía está desierta de gentes. Ningún polinesio acude alegremente en canoa a dar la bienvenida, ni sube a bordo a fisgonearlo todo y ofrecer sus presentes, como lo hicieron con el Casco. La vegetación densa de humedades y mosquitos esconde las ruinas de piedra de las casas abandonadas.

          Es el resultado de un drama del que Stevenson es testimonio: las islas se despoblaban, la raza polinesia estaba amenazada de extinción. "Se dice que en la tribu de Hapaa eran unos cuatrocientos, cuando brotó la viruela y exterminó a uno de cada cuatro. Seis meses más tarde, una mujer cayó enferma con tuberculosis; el mal se propagó como un fuego por el valle, y en menos de un año dos supervivientes, un hombre y una mujer, huyeron de la soledad recién creada": su libro En los Mares del Sur denuncia vigorosamente la culpabilidad del hombre blanco, que con sus armas de fuego, sus epidemias importadas, la introducción del opio y el cambio de costumbres promovido por los misioneros, estaba destruyendo todo un pueblo. "Los placeres se abandonan, la danza languidece, las canciones se olvidan... El decaimiento o prohibición de placeres antiguos, les inclina fácilmente a estar tristes, y la tristeza les separa de la vida", explica con una claridad poco usual en aquella época. Sus editores esperan un libro de aventuras y él les envía un alegato en defensa de nativos amenazados por la colonización. "El coral aumenta, la palmera crece, pero el hombre se va": Stevenson hace suyo el proverbio tahitiano. Son palabras proféticas. Los 50.000 habitantes que tenían las Marquesas en el siglo XVIII se redujeron a solo 2.094 en 1916, y apenas llegan a 5.000 en nuestros días.

Imagen de jBartroli

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