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Queensland, selva y coral (IV): Por las carreteras de Capricornia
Al oeste de Cairns se extienden las Atherton Tablelands, una meseta salpicada de colinas, de lagos de cráter, de soberbias cascadas y de pequeñas aldeas. La altitud alivia los calores de la costa. Y la tierra volcánica hace de las Tablelands una de las comarcas agrícolas más fértiles de Queensland: tabaco y arroz. Además, conservan retales de selva pluvial primigenia: los mejores en Kuranda, lago Eacham y lago Barrine.
A finales del siglo pasado, ante la imposibilidad de tender una carretera que subiera la sierra Macalister y salvara selvas, ríos y pantanos, se construyó una línea de ferrocarril para abrir las ricas tierras del interior a la colonización. Hoy, el tren Cairns-Kuranda se ha convertido en un atractivo turístico: vagones de época, puentes metálicos de época, estaciones de época... La de Kuranda, de 1915, está inundada de orquídeas y de helechos colgados de macetas.
Pero lo mejor es el viaje en ferrocarril: una ascensión de 300 metros en 21 kilómetros a través de un paisaje sorprendente. El tren comienza a subir y las curvas ofrecen panorámicas de las plantaciones de caña de azúcar del valle del río Freshwater, de la jungla que se desborda desde la sierra y del azulado resplandor del Mar del Coral. Ya dentro de la selva del P. N. de las Gargantas Barron, el tren se para en el puente metálico, para que los turistas hagan sus fotos de las cascadas de Stoney Creek, que caen 46 metros por un lado de las vías colgadas del vacío.
La carretera nº 1 que sale de Cairns hacia el sur, llamada Bruce Highway, llega hasta Brisbane, la capital de Queensland. Es la que aleja los viajeros del trópico y los lleva hacia las grandes aglomeraciones. Son 2.000 kilómetros que sobre el mapa parecen poblados, pero distancias enormes separan una ciudad de otra.
Cairns-Townsville: 374 Km. Los aguaceros dejan una atmósfera brillante sobre las plantaciones de caña de azúcar y piña tropical. Las nubes se alternan con el sol. La luz inunda alegremente el paisaje. Los pueblecitos, las casas bien cuidadas, los hermosos árboles, el vuelo rosáceo de las cacatúas, el verde lujurioso de la hierba, todo se contagia de su alegría. Este es un país feliz. El mar, azul tinta, está rizado por el viento. Vendrá más lluvia.
Townsville (86.000 h.): casi una urbanización de lujo construida entorno a una elegante bahía y al pie de una colina de 290 metros que la domina como torre de vigía. Magníficas perspectivas desde arriba. Puerto. Por aquí salen los productos agrícolas y mineros. Ahora intenta jugar la carta turística, hacer la competencia a Cairns: casinos y un parque temático dedicado a la Gran Barrera.
Townsville-Mackay (317 km.): suaves brisas tropicales en pleno corazón del país cañero. En la época de la recolección, los agricultores desmalezan las plantaciones y las llamas de los campos iluminan la noche. Playas excelentes y senderos por la selva en el P. N. de Cabo Hillsborough. Enfrente, las islas Whitsunday, también parque nacional.
Mackay (35.000 h.): Una ciudad colonial, edificios de madera con encanto y viejos hoteles. Las visitas organizadas a los molinos azucareros son su principal reclamo. Es la capital del azúcar.
Mackay-Rockhampton (343 Km.): Vacío absoluto durante 200 quilómetros, carretera caliente, solitaria y polvorienta. Aburrimiento al volante, y luego, la Capricorn Coast, la Costa de Capricornio.
Rockhampton (60.000 h.) Ciudad provinciana, capital australiana del bistec. Eso lo dice casi todo. Un centro histórico con edificios victorianos y kilómetros cuadrados de urbanizaciones amables para vivir pero sin nada interesante para ver. El trópico de Capricornio pasa justo sobre ella. En la costa, la isla de Great Keppel, y justo al sur, el final de la Gran Barrera. El Queensland tropical se acaba.








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