Queensland, selva y coral (III): Como un pez en la Gran Barrera

         Para hablar de la Gran Barrera de Coral australiana es obligado usar superlativos. Sus 2.000 Km. de largo -desde Nueva Guinea hasta el trópico de Capricornio- la hacen la mayor barrera coralina del planeta.

         Alardean en Australia de que, junto a la Gran Muralla de la China, es la única construcción terrestre hecha por seres vivos que se ve a simple vista desde la Luna. No lo sé, porque nunca he estado allí, pero sí que me he sumergido en las aguas de la Gran Barrera y puedo afirmar que bien merece que se la considere como la Octava Maravilla del Mundo.

         La Gran Barrera es un mundo de catedrales de Gaudí, de estalactitas y estalagmitas construidas por generaciones milenarias de pólipos -diminutos animales emparentados con las esponjas- que al morir dejan su esqueleto calcáreo como legado, trillones de ellos, hasta formar montañas. Es un reino mágico de corales en rama rojos, blancos, azules, lilas, rosas, violetas, de corales redondos estriados como cerebros o asteados como cornamentas de ciervos, de madréporas recubiertas de líquenes marinos, de gorgonias y abanicos de Venus mecidos por olas invisibles, de animales enjoyados, de diminutos peces policromos. Hay selvas ondulantes de algas, de ulvas como lechugas, de fucus pardos. Hay paredes de roca coralina que suben como acantilados hasta ras de agua y se abren en grietas, cañones y cuevas poblados por pólipos de ojos fluorescentes, por erizos de colores, por briozos de delicados encajes, por los penachos branquiales a modo de palmeras de los gusanos tubulares, por caracolas, lapas y percebes, por estrellas y pulpos.

         De peces los hay a millares, de colores y formas sorprendentes. La naturaleza es, aquí, caprichosa. Flotando entre dos aguas, volando en el vacío aliviado de todo peso, uno se siente un pájaro en el azul espeso del océano. En el lecho del fondo, entre el caos selvático de algas y coral, hay unas ostras gigantescas de casi un metro de diámetro, con las valvas estriadas y semiabiertas: son las tridacnas; si por accidente alguien pone su pie adentro, se cierran y lo aprisionan. Es mejor no tocar nada. No solo porque toda la barrera es un parque marino protegido, sino porqué alguna de las joyas vivientes -conchas o peces- son traidoramente mortales con sus picadas. En cambio, no hay peligro con los tiburones. Son de especies pequeñas y -aseguran- nunca atacan los humanos. Aún y así, su paso sinuoso, elegante sin duda, produce un incierto desasosiego.

         La Gran Barrera también guarda un abanico de islitas paradisíacas: picos de montañas recubiertos de selva que emergen del mar, y cayos formados por arenas coralinas. Los cielos están casi siempre despejados, la brisa marina es constante, la transparencia del mar tiene la calidad de las gemas preciosas... Una veintena están explotadas turísticamente. Las hay como la diminuta isla Green, accesible en excursiones de un día desde Cairns: sus aguas verdes de topacio y esmeralda van adquiriendo con la profundidad la seriedad del óxido de cobre, y la vuelan garzas blancas y golondrinas de mar. En el otro extremo está isla Bedarra: el hotel más exclusivo, solo 15 habitaciones, entre la playa de aguas turquesas y la selva hasta las rocas.

Imagen de jBartroli

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado.
CAPTCHA
La siguiente pregunta es para prevenir el spam automático en los envíos.
Image CAPTCHA
Copy the characters (respecting upper/lower case) from the image.