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Mirada sobre Estambul

 

          La primera vez que llegué a Estambul no asumí su enormidad y su belleza hasta que no subí a contemplarla desde lo alto de la Torre de Gálata. Los genoveses la levantaron el 1348 para otear en el horizonte las velas de los barcos que se aproximaban a la ciudad. Hoy es uno de los símbolos de la ciudad, recuerdo de cuando genoveses y venecianos pugnaban por controlar Constantinopla y sus riquezas.

         El panorama circular que se abrió ante mi era inmenso. ¿Cómo empezar? A mis pies los tejados rojos y los terrados del barrio de Gálata, y sus callejuelas estrechas bajando hasta el Cuerno de Oro, mecido por temblores azules que los transbordadores surcaban dejando estelas blancas. En el puente de Gálata distinguía los transeúntes y los coches y los pescadores con su caña y hasta algún niño limpiabotas buscando clientes. Más allá de los puentes, la ciudad antigua de Constantinopla amurallada y sus siete colinas y sobre cada una de ellas las cúpulas y minaretes de una gran mezquita, pues cada sultán quiso dejar su herencia construyéndole al menos una. Y hacia la derecha, la mole rosa y poderosa de Santa Sofía y detrás la Mezquita Azul y sus alminares y al lado, entre las copas de los árboles, la torre y los techos del Serrallo, el palacio de los sultanes. Y detrás, muy azul, el Mármara y las islas de los Príncipes y en el horizonte el litoral de Europa a un costado y al otro Asia, y más cerca, al otro lado de la embocadura del Bósforo, el puerto de Haydarpasá y la vieja Escutari.

       Girando hacia la izquierda mi vista se perdía por las colinas verdes del Bósforo y los barrios de litoral y los dos puentes que unen Europa y Asia. Algún enorme buque enfilaba el estrecho camino del mar Negro y multitud de más pequeños lo navegaban en todas direcciones. Continuando la vuelta veía los nuevos barrios de Estambul por colinas y valles hasta donde la vista alcanzaba y los rascacielos de los distritos financieros de Levent y Maslak. Y más tierra adentro, casas y más casas y cúpulas y minaretes, hasta volver a encontrar el mar allá donde el Cuerno de Oro se tuerce, junto a los jardines del cementerio de Eyüp y otra vez los barcos y los puentes y las murallas y Constantinopla. Desde aquel largísimo instante he amado Estambul y no podré dejar de amarla.

              “Ciudad ceñida por una corona de agua”, la definió Procopio, el historiador del emperador Justiniano hace mil quinientos años. Yo no sé decir si el mar se mete en la ciudad o es la ciudad quien envuelve el mar. Pero si que es desde el mar como más me gusta contemplarla.

 (Para leer más, mirar el número 58 de la revista "Altaïr" dedicado a Estambul.

 

Imagen de jBartroli

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