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Los caminos del mar Negro (VIII): El viejo Ponto

 

         Trabzon es parada que merece muchos días. Los cafés bajo los árboles: el de Ortahisar Evleri entre las almenas de las murallas de la Içkale (Fortaleza), los de Kale Park en el castillo del puerto o al lado de las olas, el de los jardines Piknik Alani en la colina de Bozteme desde la cual se contempla toda la ciudad, dan un respiro al ahogo húmedo de agosto.  

         Recuperadas fuerzas, Trabzon es la base desde la cual recorrer la costa póntica, ese litoral estrecho, apretado entre el mar y la alta cordillera que ha actuado siempre a modo de cerradura al acceso desde el interior. Un país plagado de iglesias y monasterios desamparados y viejas fortalezas, cuyo rastro alienta los pies del viajero inquieto. Partiendo hacia el oeste, a solo cinco kilómetros, ya se topa con el monasterio armenio del Salvador, Kaymakli Manastiri, del 1421 y cubierto frescos siglo XVII. En Akçaabat, con la iglesia del Arcángel San Miguel, del 1332, desatendida entre preciosas casas pónticas de madera. En Tonya, con habitantes musulmanes que todavía hablan entre ellos el griego de sus ancestros, en su dialecto póntico. Incluso más allá de las verdes montañas, la comarca de Sebinkarahisar está salpicada de iglesias griegas y armenias desahuciadas, como el monasterio de San Felipe, con cuarenta celdas excavadas en la roca.

         Otra vez en la costa, Giresun, la antigua Kerasos, guarda en un parque la acrópolis rodeada por trazas de una fortaleza bizantina. Cuenta la legendaria local que un general romano, Licino Lúculo, durante las guerras contra Mitrídates VI, envió desde aquí a Roma un fruto delicioso al que llamó cerasus. Así conoció el mundo a las cerezas. Hoy, la ciudad que dio nombre a las cerezas es más famosa por sus avellanas. Pero Giresun también es conocida por la islita de Aretias, donde los pájaros atacaron a los argonautas lanzándoles sus plumas como dardos mortales. Un monasterio griego en ruinas ocupa hoy el escenario de la leyenda, y cada 20 de mayo la población musulmana realiza hasta allí un peregrinaje, para celebrar la fecundidad de la primavera, igual como antes lo efectuaban los griegos ortodoxos, y antes los frigios en honor a la diosa madre Cibeles y aún antes los hititas para honrar al dios fálico Príapo.

         El puerto de Ordu ya solo conserva una docena de las preciosas casas rodeadas de jardines que componían su paisaje en los años cincuenta. Pero la vieja catedral griega se ha preservado como un centro cultural. A continuación viene Bolamán, con un castillo bizantino y genovés sobre el cual se levantó una mansión otomana de madera. Y cerca, en el cabo Yasun, sobre lo que fue un templo pagano dedicado a Jasón, el héroe de los argonautas, una iglesia bizantina se mantiene todavía en relativo buen estado.

         Y muy al oeste, está Ünye, antigua Oinaion. Marcaba el límite occidental del imperio de Trebisonda. Continua como siempre marcando el límite hasta donde alcanza el paisaje póntico, esos bosques centroeuropeos y prados de alta montaña favorecidos por las lluvias generosas. Marca igualmente un cierto límite étnico: aquí se acaban las poblaciones pónticas de gentes de piel clara sonrosada por el sol y ojos de agua azules o verdes, de mujeres de cierta nariz pero no excesiva, de pelo rubio o cenizo, y de pescadores que en los ojos llevan reflejos de las sardinas que pescan. Sangre de muchas razas corre por sus venas.

         También se acaba aquí el país de las antiguas iglesias y monasterios huérfanos y los viejos castillos. Cerca de Ünye, la fortaleza bizantina en ruinas sobre un risco entre avellanos, fue uno de los últimos bastiones de Trebisonda.

     

Imagen de jBartroli

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