Los Mares del Sur, la vida en el mito (y VI) El dulce letargo del trópico

          Hacia al oeste, las islas Cook son otro ejemplo de economía inviable. Las autoridades han apostado por el turismo. Pero Nueva Zelanda, que aún ejerce su protectorado, ha tenido que acudir varias veces en ayuda de las finanzas locales, caídas en la más absoluta bancarrota. Rarotonga, la isla principal, viene a ser para los neozelandeses una especie de Gran Canaria. Las otras islas, demasiado alejadas, viven el letargo tropical, unidas al mundo por el barco que las visita una o dos veces al mes.

         El viaje en un barco mixto de carga y pasaje, entre los nativos que duermen sobre esteras en cubierta, los cantos dulzones, los ukeleles y el olor a copra, es una de las experiencias más genuinamente polinesias. El océano es el alma de los polinesios. Ellos lo cruzaron de extremo a extremo en sus canoas, poblando todas las islas. Las olas van sin descanso, se entrecruzan, tejen caminos y corrientes. El hombre se afianza en la tierra escasa de las islas pero sueña con el más allá del azul del horizonte. Las Cook tienen 19.000 habitantes. Pero otros 35.0000 viven emigrados en Nueva Zelanda. Los isleños de los Mares del Sur sueñan con nuestras ciudades tanto como nosotros soñamos con sus islas.

         Mucho más al este, en las islas Tuamotu, también se vive en espera del carguero. Él trae los preciados bienes de consumo occidental: la harina, las conservas, el azúcar, las latas de refresco, el corned-beef, el papel higiénico, la gasolina para el motor de la barca y las planchas de madera para la nueva casa, el vídeo y el disco compacto. Los paumotu todavía pueden permitirse algunos de estos lujos gracias a las generosas subvenciones con que Francia ha regado hasta ahora la Polinesia Francesa. Era una manera de comprar las conciencias, a cambio del silencio ante las explosiones nucleares en dos atolones de las Tuamotú: Moruroa y Fangataufa. Pero París ha suspendido definitivamente las pruebas y ya ha anunciado el fin de su generosidad. Los polinesios van a tener que aprender a vivir de nuevo de sus propios recursos, y estos son muy limitados. En las Tuamotu, algo de exportaciones de copra -la pulpa seca del coco-, las granjas de ostras perleras de Manihi, y un poco de turismo en este atolón y en Rangiroa: tres o cuatro hoteles de lujo, con bungaloes encima las aguas tranquilas de la laguna de coral, y pensiones familiares con cabañas frente al mar.

         Las Tuamotu son gigantescos anillos de arena que encierran una laguna interior de aguas mansas. La lluvia es escasa y se escapa rápidamente entre el suelo de coral triturado. La agricultura se reduce al cocotero y a poco más. La tierra no sobrepasa más que 3 ó 4 metros el nivel del mar. No hay nada que sobresalga, que rompa la monotonía del paisaje plano y del lento transcurrir de las horas. El tiempo pasa pero no existe. La vida se dilata en una confortable felicidad rayana a la inanidad. Los hombres van a pescar, vuelven al atardecer, limpian el pescado en la playa, beben cerveza. Las mujeres limpian de hojas el jardín, cortan las flores secas. Los niños juegan a baloncesto. Los adolescentes se zambullen en el canal y se dejan arrastrar por la corriente. La felicidad puede ser muy aburrida. Los días son deliciosos hasta el hastío. Las islas quedan cada vez más al margen del mundo. Los aviones, los satélites, la modernidad, las sobrevuelan sin tocarlas. Con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. El siglo XXI quizás sea el siglo del Pacífico -eso dicen-. Pero lo será de sus orillas, no de las islas que encierra.

Imagen de jBartroli

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