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Lo que queda por descubrir (y II)

      Es una experiencia que cualquiera puede tener: los mapas, hasta los mejores, están llenos de errores. Los he observado atravesando Siberia en tren: ciudades que no aparecían, míseras estaciones de una sola cabaña de madera elevadas al rango de urbes importantes. O también recorriendo el Tibet en autostop, cuando me encontraba con que las poblaciones de mis mapas no correspondían ni en la ubicación ni en el nombre con las poblaciones reales sobre el altiplano desértico.

        También en el Tibet, encontré a mediados de los años ochenta una misión de la National Geographic Society -camuflada como expedición geológica para no despertar suspicacias-, que buscaba las auténticas fuentes del río Indo. Habían acampado al pie del santo monte Kailas y contaban con dos vehículos todo terreno, un camión, guías y sherpas, y sus dos integrantes esperaban la llegada de una caravana de yacs. Meses más tarde me explicaron por carta que la incompetencia de las autoridades locales chinas encargadas de ayudarles logísticamente -la caravana de yacs nunca llegó- y las mismas dificultades físicas de la empresa fueron tantas, que les fue imposible alcanzar su objetivo. Al año siguiente, una expedición chino-norteamericana intentó localizar las fuentes del Yangtzé. La expedición acabó en desastre y varios de sus miembros murieron. 

          Aún existen misiones imposibles, pues, zonas donde el hombre blanco -totalmente forastero- difícilmente puede llegar, regiones inexploradas que en los mapas aparecen cartografiadas aproximadamente más por el vértigo al hueco en blanco del geógrafo que por su ciencia. Es así, aunque saberlo no quiere decir que nos tengamos que sentir obligados a ser los primeros en llegar a ellas. Nos podemos conformar muy bien con metas más modestas. Pero el saber que no todo el planeta está hollado, que aún existe la expedición imposible y el rincón prohibido, dignifica nuestro modesto viaje, revaloriza nuestro afán de ser no los primeros sino, quizás, de estar entre esos centenares o miles que llegan después. Saberlo mantiene viva la ilusión de que todavía podemos reseguir libro en mano la ruta del viajero escritor que nos precedió, comprobando que no es demasiado lo que ha cambiado y que, al llegar a aldeas apartadas, no nos esperarán guías turísticos ni  niños que nos piden un bolígrafo. 

        Todavía estamos lejos del día que el hombre alcance el atlas total. Y cuando así sea, tampoco entonces morirá el descubrimiento. Porque el verdadero descubrimiento es algo que realizamos dentro nuestro. Lo importante es lo que descubrimos para nosotros, y no sí otros lo han descubierto antes para ellos mismos. El primer paseo por un bazar musulmán, el primer oasis en el desierto, la primera salida de sol sobre una bahía polinesia, la primera muchacha morena con sonrisa y flor sobre la oreja, el primer iceberg navegando con inquietantes destellos azules radioactivos por mares oscuros y espesos, la potencia ciclópea del primer glacial... son sensaciones que nunca nadie nos podrá robar. Cada uno de ellos, y muchísimos más, son descubrimientos que nos marcan y nos marcarán. Descubrimientos nuestros, personales e intransferibles. Los descubrimientos verdaderos. 

Imagen de jBartroli

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