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Lo que queda por descubrir (I)

         Explica Joseph Conrad en una de sus novelas como los vacíos en los mapas provocaron durante siglos el vértigo de viajeros y exploradores. Veían una zona en blanco sin nada dibujado, o como mucho la leyenda "región no explorada", y sentían un deseo irresistible de dirigirse hacia allí.

       El hueco en los mapas les atraía como poderosísimo imán. Les despertaba ansias de viajar para conocer aquellas tierras de las que todo era misterio y que ningún otro hombre blanco había hollado. Ver lo que ningún otro hombre ha visto jamás: ¿por qué éste es un deseo que tantos compartimos? No puede ser debido únicamente el afán por ser los primeros, por ganar una carrera o ponerse medallas. Hay algo más. Tiene que haber algo más importante. Y creo que es que todo aquello que desconocemos nos parece sinónimo de maravilloso, de misterio, quizás hasta de magia. Conocer lo desconocido, ese si que es un afán universal y eterno del Hombre, quien sabe si su misma esencia.

         Tuve la suerte de que mi primer atlas de la infancia todavía contaba con mapas que delimitaban con líneas discontinuas algunas costas y cursos fluviales mal conocidos: islas de los archipiélagos magallánicos chilenos; ríos del Asia central, como el Mekong a su paso por el Yunnan o el Saluén y el Yangtzé en sus cabeceras allá por la meseta tibetana; islas árticas como la Tierra Victoria o la Tierra de Baffin en el Canadá, y el archipiélago de Nueva Siberia en la URSS; y, naturalmente, las costas de la Antártida, cuyo centro lucía, todavía, un bello vacío de blanco de nieve. Y no hace tanto de esto: era allá por los años sesenta.

          Los atlas modernos ya no poseen incertezas tan sugerentes. Ahora los satélites espaciales han fotografiado hasta el último rincón del planeta, los mapas han perdido sus huecos en blanco -¡hasta la Antártida se ha quedado sin ellos!- y tampoco quedan costas o ríos de trazo inseguro. Como mucho, la duda de los límites cambiantes año tras año del hielo permanente que cubre la Antártida. O la existencia todavía incierta de alguna pequeña isla o escollo marino en los cuadrantes más remotos de los océanos.

          ¿Quiere ello decir qué es imposible el viaje de descubrimiento? Ni mucho menos. Los mapas conservan con plenitud su magia. No hay motivo para el desaliento: ni se han agotado las regiones inaccesibles que esperan al atrevido que quiera ser el primero en llegar a ellas, ni ningún atlas es definitivo, sino que cambian con nosotros. 

Imagen de jBartroli

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