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La vida como un fado: una tasca de la Mouraria

  “Crece la noche por las calles de Lisboa

Y los niños como yo se fueron a dormir…

Mi amor, acuéstate, ya es tarde

Me dice mi padre siempre que se acerca a mí…

Y me duermo en sus brazos de guitarra

Dulce balanceo que renace cada día

Ese sueño de cantar la madrugada

Que fue cuna en una tasca de la Mouraria”.

 

Lo canta Mariza, se llama Tasca da Mouraria y es de Paulo Abreu Lima y de Rui Veloso. Los fados hablan de la vida cotidiana de la gente.

El restaurante Zabala está aún ahí. En cambio, el nombre de la Rua do Capelao no aparece en ningún sitio. Algunas casas cayeron, o las derribaron por ruinosas. Surgieron plazuelas. A una le dieron el nombre de Largo da Severa, en honor a Onofria. Durante el año 2012 rehabilitaron las calles del barrio, y en esta, junto a un árbol del amor de esos que en primavera florecen de pequeños capullos rosas, arreglan la casa que dicen fue la suya para abrir un café-bar con “actividades ligadas al fado”. Así lo anuncia un cartel. Al lado ya existe un antro minúsculo que lleva por nombre Os Amigos da Severa. 

Un día que buscaba la casa de Severa –o lo que quedara de ella– pasé ante el numero 4 de Beco do Jasmin y vi una tasca con cinco mesitas dentro y un porche afuera con una gran mesa de madera. A Parreirinha, se llama. Y es verdad que una parra trepaba por el tejado de plástico del porche. Dentro comían una docena de clientes, calceteiros y obreros de los que restauraban el barrio. Tomé asiento en la mesa bajo el porche y la parra. ¡Isidru!, llamó la dueña. Había tantos parroquianos para lo minúsculo del local que las patatas fritas se habían acabado y la cocinera, la senhora Faustinha, envió a Isidro a comprar tres kilos. ¿No le importa esperar? –me preguntó. –Claro que no, respondí encantado de estar allí mientras en la iglesia las campanas daban la hora y yo pensaba que si en vez de campanas fuera la llamada del almuédano aquello podría ser Marruecos. Y allí comí un bistec preparado sobre un braserito de carbón como en cualquier morería del mundo, en la misma parrilla donde también asaban las sardinas y los calamares, mientras una familia de gatos negros me pedía las sobras y un canario cantaba al calor desde su jaula. 

Desde entonces he vuelto varias veces. Los obreros que adecentan el barrio acuden a lavarse el torso a la fuente cercana y luego entran a pedir un café, un licor algunos, en copa de coñac. Las vecinas que pasan se paran a charlar con la dueña y a beber su café. Merda minha terra escuché exclamar una día a una. Se quejaba de lo difícil que se torna la vida, de la crisis que se ceba en los más pobres. La jovencísima Vanessa, la hija de la dueña, vino y me sirvió mi bacalao a la brasa mientras oía las parroquianas hablar de Europa y de Francia. Eran los días en que la victoria de François Hollande parecía que podría cambiar el rumbo de la economía. La unidad de Europa es un proceso fabuloso que puede provocar escenas como esta: dos mujeres de la Mouraria hablando de cómo esperan que las elecciones presidenciales francesas puedan mejorar sus vidas. Yo saboreaba mi bacalao, el gato esperaba su parte y el canario cantaba al sol. 

Las facturas del restaurante van a nombre de Vanessa y cuando le pregunté en mi portuñol incipiente la razón, la señora Faustinha me respondió que por el futuro de su hija. Vanessa lleva tatuadas en los brazos dos frases en escritura arábiga. Una en cada antebrazo. ¿A qué se deben las letras árabes? ¿Será por algún novio con el que se ha liado? Siempre alegre, moviéndose de un lado a otro, parece vivir fuera del mundo que la rodea. ¡Ay Vanessa, Vanessa! No creo ni que tenga aún 18 años. ¿Quién le habrá conquistado el corazón como para tatuarse su nombre? ¿Quién será ese que se lo romperá dentro de poco? Vanessa: pienso en ella y no puedo dejar de imaginarla condenada a ser letra de fado, de fado de la Mouraria.


Imagen de jBartroli

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